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El destacado historiógrafo mexicano Noel Muñoz Padilla escribió el prólogo del libro "Génesis del Congreso Constituyente 1916-1917" del escritor Jesús Romero Flores, editorial del magisterio, 1979; y comenta textualmente lo siguiente: " El momento culminante de la historia Política de México, en lo que va del siglo, incuestionablemente fue la Constitución de 1917, obra de esforzados paladines mexicanos quienes, a iniciativa del genial estadista Venustiano Carranza, dieron forma y contenido jurídico a los ideales de la Revolución Mexicana y a las aspiraciones del pueblo. En esta carta magna entregada por los constituyentes al pueblo de México el 5 de febrero de 1917, quedó plasmado el espíritu de las reivindicaciones sociales, el espíritu de justicia, de paz, de libertad y democracia, que ha inspirado todas las realizaciones y las obras que para el bien común emprendieron y siguen emprendiendo nuestros regímenes revolucionarios".
El artículo 130 de esta ley no reconoció la personalidad jurídica de las iglesias y negó el voto a los ministros de los cultos, así como el derecho a asociarse con fines políticos.
La Iglesia Católica protestó públicamente contra varios artículos de la Constitución. El Arzobispo de Guadalajara Monseñor Francisco Orozco y Jiménez hizo circular un memorándum que denominó "carta pastoral", el cual salió a la luz pública el 24 de junio de 1917. Dicho documento era transcripción firmada por casi todos los obispos, aprobada por el nuncio apostólico y por el Papa. Una parte de este memorándum decía textualmente: " no pretendemos inmiscuirnos en cuestiones políticas. Tenemos por único móvil cumplir con el deber que nos impone la defensa de los derechos de la Iglesia y de la libertad religiosa. En nuestro carácter de jefes de la Iglesia Católica protestamos contra la tendencia de los constituyentes destructora de la religión, de la cultura y de las tradiciones. Protestamos contra semejantes atentados en mengua de la libertad religiosa y de los derechos de la Iglesia y declaramos que desconoceremos todo acto o manifiesto contrario a estas declaraciones y protestas". Este abierto pronunciamiento contra el Gobierno de la República ocasionó el repudio de los carrancistas que estaban aplacados. Desde entonces no cesaron de atacar y presionar al clero consiguiendo en julio de 1918 que fuera expulsado del país el Arzobispo Orozco y Jiménez. Como consecuencia de este acto injusto los combativos católicos jaliscienses liderados por el Vicario Manuel Alvarado se pusieron de luto y realizaron plantones y protestas; hicieron correr rumores y ejercieron actos de boicot para desestabilizar al país. En los archivos del H. Congreso del Estado de Jalisco se conserva el informe que rindió el General Manuel M. Diéguez ante la XXVI Legislatura de dicho cuerpo legislativo el 1 de febrero de 1919 donde dice textualmente: "el clero, lejos de someterse a los mandatos de la autoridad civil, asumió una actitud rebelde. Los jerarcas católicos suspendieron las misas y los oficios religiosos; hicieron creer a los fieles que el Gobierno cortaba la libertad de cultos y movieron en su contra a los feligreses desde los púlpitos para que el pueblo profesara hacia las autoridades un odio enardecido que era susceptible de transformarse en rebeldía armada".
El enardecimiento de los católicos que ya estaban dispuestos a todo hizo comprender al gobierno constitucionalista la realidad del peligro de lo cual resultó que don Venustiano Carranza emprendió una política de reconciliación y acercamiento con la Iglesia Católica. Se volvió tolerante y permitió que los católicos llevaran a cabo con toda clase de facilidades una peregrinación multitudinaria para conmemorar la coronación de la Virgen de Guadalupe; dicho acto masivo se realizó el 17 de octubre de 1919. Carranza programó su reelección aliado con el clero católico.
Los militares consideraron esa situación como un gran error cometido por Carranza y tomaron la determinación de eliminarlo animados por las compañías petroleras que estaban en el país a las que don Venustiano había aplicado impuestos excesivos para que abandonaran el territorio nacional. El día viernes 23 de abril de 1920 un grupo de militares traidores al Gobierno de la República, firmó un documento conocido como el "Plan de Agua Prieta" mediante el cual desconocían y cesaban en sus funciones al Presidente de la República y lo sustituían por el General Adolfo de la Huerta, a quien denominaron "Jefe Supremo del Ejército y de la Nación". El pacto de honor de Agua Prieta, Sonora estableció compromisos muy serios; fue firmado por varios generales, entre ellos, Adolfo de la Huerta, Plutarco Elías Calles, Pascual Ortiz Rubio y Lázaro Cárdenas del Río. La historia nos dirá más adelante cómo llegaron todos ellos a ser presidentes de la república.
Cuando tomó el poder el General don Adolfo de la Huerta Marcos, quedó convencido de que era necesario continuar con la tolerancia hacia el clero católico. La Iglesia aprovechó esta excesiva facilidad gubernamental para revitalizar al Partido Católico Nacional al que le inyectó un fuerte aporte financiero y realizó el 19 de julio de 1920 una convención nacional dando como resultado un partido mucho más fuerte que cambió de nombre llamándose desde entonces "Partido Nacional Republicano". En esta convención atacaron duramente a la Constitución de 1917 diciendo textualmente: "la Constitución que actualmente nos rige es de facto una Constitución que casi en la totalidad de sus artículos y en la totalidad de sus postulados va en contra de los principios, tradiciones, sentimientos y aspiraciones del pueblo mexicano".
Con el apoyo de los Estados Unidos de Norteamérica el General Álvaro Obregón lanzó su candidatura a la presidencia de la república y triunfó rotundamente en las elecciones llevadas a cabo el 5 de septiembre de 1920.
El 1 de diciembre de 1920 Álvaro Obregón Salido comenzó su mandato y también llegó a la conclusión de que debía ser amigo de la Iglesia Católica, a la cual restituyó todos los templos que habían sido clausurados entre 1914 y 1919. El 25 de octubre de 1924 firmó un decreto presidencial que autorizaba en nuestro país la permanencia de un representante del Papa. Sin embargo, los masones del rito yorkino de los Estados Unidos lograron influir para que Obregón estimulara en forma oculta a los liberales anticlericales con el fin de que hostigaran a la Iglesia. El Delegado Apostólico pudo percatarse de este doble juego del presidente por lo que decidió oponerse a las decisiones del Gobierno a través del Partido Nacional Republicano.
Álvaro Obregón Salido empezó a marearse con el mando presidencial y decidió concentrar el poder en su persona aplicando medidas centralistas de tipo dictatorial a las que se opuso en forma radical la Iglesia Católica. El gobierno de Obregón no se podía dar el lujo de enfrentarse abiertamente al clero político por lo que decidió recurrir a gobernadores y generales serviles e incondicionales suyos, quienes desataron una guerrilla anticlerical. Es célebre el caso del Lic. José Guadalupe Zuno Hernández, quien siendo gobernador del Estado de Jalisco desencadenó una persecución brutal e inesperada en contra de la Iglesia Católica, a la que atacó con una furia enloquecida que denotaba fanatismo, intolerancia y represión. A esta acción persecutoria e injusta se opuso el obispo Orozco y Jiménez, quien con una profunda vocación episcopal luchó con valentía, creándose un conflicto histórico en la Iglesia y el Estado que desembocó en un enfrentamiento armado de alcance nacional denominado "La Cristiada".
Obregón empezó a pensar en reelegirse para lo cual decidió acabar con los enfrentamientos y apaciguó la situación. Decidió entonces aliarse con sus enemigos; otorgó nuevamente concesiones al clero y ofreció puestos y dinero a los carrancistas, zapatistas, villistas y delahuertistas. Mandó asesinar a los generales que no quisieron transar con él y preparó el terreno fría y calculadoramente. Consiguió que ganara las elecciones su leal pupilo, el General Plutarco Elías Calles quien tomó posesión el 1 de diciembre de 1924; este presidente dirigió el país en duunvirato con Obregón, su maestro y protector.
La lealtad a su jefe Obregón le valió a Calles obtener la silla presidencial, pero como gobernante no pudo consolidarse porque la sombra del caudillo lo opacaba. Todos sabían que Álvaro Obregón había impuesto a Plutarco Elías Calles y poco a poco se fue generando un clima de inconformidad, particularmente en el grupo militar. Varios generales se sentían con el derecho de partir el pastel revolucionario y exigieron cuotas de poder, lo cual fue bloqueado y nulificado por Obregón quien tenía luz verde de Calles para tomar decisiones en ese sentido; varios militares inconformes fueron castigados y algunos asesinados misteriosamente.
Calles obedeció a Obregón y decidió concentrar el poder a base de imposiciones, alianzas y dictadura. Hizo aprobar la ley reglamentaria del artículo 130 constitucional, la cual fue promulgada y publicada el 6 de enero de 1926, prohibiendo terminantemente las manifestaciones religiosas, misas y peregrinaciones. Calles ordenó a los gobernadores de los estados que hicieran aplicar estrictamente las disposiciones legales; y ante tal ofensiva el clero no se cruzó de brazos. El señor arzobispo de México, monseñor don José Mora y del Río dijo públicamente: " el Gobierno de Calles manipulado por Obregón ha puesto la gota que derramó el vaso". Esta divulgación de la guerra declarada entre el Gobierno y la Iglesia Católica fue publicada en el periódico Universal el 4 de febrero de 1926, página dos, de cuyo reportaje transcribimos un fragmento: " la doctrina de la Iglesia Católica es invariable, porque representa la verdad inobjetable revelada por Dios a los mortales. Los prelados mexicanos hicimos una enérgica protesta en 1917 contra la Constitución y nos opusimos abiertamente a las disposiciones contenidas en los artículos que atentan contra la libertad de cultos y contra los dogmas religiosos. Nuestra inconformidad se mantiene firme, no ha sido modificada sino robustecida porque se inspira en la santa doctrina de la Iglesia. Emprenderemos una campaña nacional contra las leyes injustas y contrarias al derecho natural del hombre. El clero católico, el episcopado y los feligreses no reconocemos, jamás respetaremos y siempre combatiremos con fuerza los artículos tercero, quinto, veintisiete y ciento treinta de la Constitución vigente".
Cuando el general Plutarco Elías Calles leyó el periódico a temprana hora, exclamó: "¡Es un reto al Gobierno y a la Revolución!". Seguidamente ordenó que se encarcelara al arzobispo, quien para evitar ser llevado a la prisión, se retractó públicamente de sus declaraciones pero pidió auxilio a Su Santidad el Papa Pío XI. El Papa ordenó suspender las misas en todo el país y cerrar los templos. Éste fue el primer chispazo del célebre conflicto que se llamó "la rebelión cristera".
El presidente Calles reformó el código penal para aplicar mayores castigos a quienes infringieran el artículo 130 constitucional. El episcopado notó la intención dolosa y recurrió a los empresarios católicos quienes formaron una agrupación política denominada "Liga defensora de la libertad religiosa", la cual realizó plantones y marchas de protesta y emprendió una campaña nacional de boicot en contra del Gobierno que llamaron "bloqueo económico social".
Los efectos del boicot fueron dañinos para el país. El 75% de los inversionistas retiró sus capitales y la situación económica se agravó notablemente pues además bajó el precio de la plata, se perdieron las cosechas y las divisas por venta de petróleo se redujeron considerablemente.
Los petroleros norteamericanos se aliaron al clero católico de México porque Calles había exigido que la explotación del oro negro se hiciera con prestanombres mexicanos, es decir, había publicado un decreto que señalaba que solamente mexicanos podrían explotar el petróleo de la nación. Este obstáculo puesto por Calles a los gringos jamás le fue perdonado; así que las armas, municiones, pólvora y demás pertrechos eran vendidos en Estados Unidos a precios bajísimos a los opositores de Calles y pronto se armó una rebelión de alcance nacional llamada "la Cristiada", alzamiento armado que ocasionó ochenta mil muertes.
El levantamiento se inició a mediados de 1926 en los Altos de Jalisco, aunque oficialmente este conflicto está históricamente registrado del 1 de enero de 1927 al 21 de junio de 1929.
El destacado escritor jaliscience Don Silvano Barba González publicó un libro titulado "La rebelión de los cristeros". Editorial Manuel Casas Impresor. 30 de mayo de 1967. En la página Num. 22 señala textualmente: "se desarrolló una insurrección de católicos fanáticos, so pretexto de que el Gobierno pretendía acabar con ese credo apostólico romano; se atacó militarmente al poder presidencial con el fin de derrocarlo y organizar otro en su lugar, que le garantizara libremente el ejercicio de su religión". Los destacados periodistas Rafael Segovia y Alejandría Lajous escribieron en 1981, auspiciados por el Colegio de México un documentado análisis de la lucha cristera. En la página 5 de su artículo dicen textualmente: "para febrero de 1928 ya habían veinticuatro mil seiscientos cincuenta cristeros armados, según informes del Departamento de Guerra del Gobierno Mexicano. Pero en ningún momento se corrió el peligro de un derrocamiento a causa de la rebelión cristera, gracias a tres factores prevalecientes:
a) pésimo armamento de los rebeldes;
b) falta de una causa definida de lucha, pues algunos sabían que era en defensa de la religión y otros notaban la clara injerencia que buscaba el control del petróleo; y
c) el control de los medios de comunicación que estaba dominado por el ejército.
Aunque se afirma que el Estado Mexicano quedó vencedor en este singular desafío, queda el hecho real de que a más de 50 años de la Cristiada, en la región de los Altos de Jalisco todavía quedan profundos resentimientos contra el ejército y el clero político a causa de sus marcados abusos. En esta lucha fratricida el sistema gubernamental salió perdiendo económica y socialmente, quedando además desprestigiado políticamente".
Llegó el último año del mandato del General Plutarco Elías Calles y el país estaba mal económica, política y socialmente. Era imperativo que volviera al poder el General Obregón para enderezar la situación ya que durante su gobierno supo conquistar, de buena o de mala manera, la simpatía de los liberales, del clero y de los Estados Unidos, que eran las tres fuerzas políticas dominantes. Considero conveniente que echemos un vistazo al pasado reciente para comprender la nueva llegada de Obregón al poder.
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