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Álvaro Obregón, insatisfecho con su corto período de gobierno,
1920-1924, quería seguir dirigiendo y encauzando la vida de la
nación. Se le atribuye una frase célebre: cuatro años
son insuficientes para gobernar. Se los pasa uno reprimiendo a
los descontentos los dos primeros años y los dos últimos a los
ambiciosos. Tenía el poder de las armas, el apoyo
norteamericano, el apoyo de los liberales nacionales y
extranjeros, el respaldo del alto clero político, la
identificación con el proletariado organizado y contaba con una
corriente política obregonista debidamente estructurada e
infiltrada en todos los grupos de poder; tenía también en su
favor la lealtad absoluta de Calles, de modo tal que a petición
de don Álvaro, don Plutarco haría lo que fuera necesario,
inclusive modificar la Constitución. Obregón aquilataba
perfectamente cuál era su verdadera fuerza: el carrancismo
había sido liquidado con el asesinato de don Venustiano a manos
de los obregonistas, el zapatismo había sido transado y
debilitado; todos los generales delahuertistas habían sido
comprados o asesinados, Francisco Villa había aceptado deponer
las armas; solamente estaban en su contra algunos pequeños
grupos fácilmente controlables. De tal suerte que decidió
preparar su retorno a la Presidencia de la República.
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El destacado politicólogo y periodista opositor Saúl Álvarez
Mosqueda, quien fue encarcelado en la prisión de Lecumberri por
su activismo en contra del sistema político mexicano, escribió
en su celda un libro que tituló Alta Política.
Primera edición 1985. Colección Ómnibus. Editorial Liega. En
la página 53 de su libro dice textualmente: el 21 de
octubre de 1925 el Congreso de la Unión reforma los artículos
82 y 83 de nuestra Carta Magna, por lo que la reelección del
Presidente de la República puede hacerse una sola vez siempre
que no sea para el período inmediato. El dictamen fue enviado
para su estudio, habiendo sido aprobado por la cámara alta el 19
de noviembre de 1925, para que la Constitución diga: el
Presidente entrará a ejercer su cargo el 1 de diciembre y
durará en él 6 años. etc., que antes eran 4 años según la
Constitución de Querétaro . El capricho del caudillo
omnipotente había sido cumplido. Los honorables Diputados
Federales y Senadores regalaron su dignidad e hicieron a un lado
el principio sagrado de la no reelección. Así Obregón aseguró
el camino que le permitiría volver a la Presidencia de la
República; su gobierno empezaría en 1928 y terminaría en
1934. Obregón convenció a Calles de que hiciera las paces
con la Iglesia Católica, habiéndose pactado el desarme total de
los rebeldes cristeros antes de las elecciones presidenciales.
Las condiciones políticas favorables para la reelección estaban
dadas; los obispos y El Vaticano pusieron todas sus esperanzas en
Obregón y con el apoyo de las diversas facciones y grupos,
incluso el del Presidente de la República, el General Álvaro
Obregón Salido fue electo por segunda vez Presidente de la
República el día domingo 1 de julio de 1928. Sin embargo, el
candidato triunfante no llegó a tomar posesión de su cargo,
pues fue asesinado el martes 17 de julio del mismo año en el
restaurante La Bombilla por un fanático católico llamado José
de León Toral.
Comentario: este insólito caso en que un presidente impuesto por
dedazo cambia la Constitución para que quien lo puso
pueda regresar al poder después de él, pudo repetirse ahora.
Existe una versión que, por extraña y fuera de lo común,
parece obra de una mente con demasiada fantasía; se dice que
Carlos Salinas de Gortari destapó a Luis Donaldo Colosio
Murrieta a condición de que éste cambiara la Constitución para
que Salinas fuera electo por segunda vez durante el mandato de
Colosio y pudiera volver a ocupar la Presidencia inmediatamente
después de Luis Donaldo. Para sellar el pacto Colosio tendría
qué firmar con fechas adelantadas un documento emitiendo la
iniciativa correspondiente, la cual, como es habitual en nuestro
país, sería automáticamente aprobada por el Congreso de la
Unión en su calidad de gran vasallo del Presidente de la
República.
Para asegurar el cambio de la Constitución las Cámaras
tendrían que estar controladas por salinistas, lo mismo que el
Partido Revolucionario Institucional. Todo estaba cuidadosamente
calculado y fue meticulosamente planeado bajo la asesoría y
supervisión del Lic. Maquiavelo Córdova Montoya.
Todos aquellos que pudieran significar un riesgo por no ser
totalmente salinistas fueron sacados de la jugada política, e
incluso fuera del país. Vale la pena citar el caso de Rafael
Rodríguez Barrera, quien a pesar de haber servido con lealtad a
Colosio como Secretario General del P. R. I., cuando Luis Donaldo
fue Presidente del Partido, fue enviado fuera del país como
embajador hasta Israel, porque nunca estuvo de acuerdo con los
criterios dictatoriales de Carlos Salinas de Gortari.
No contaban con que Colosio Murrieta se iba a negar a firmar toda
la documentación con fechas adelantadas y que también se iba a
negar a manejar el país en duunvirato con Salinas de Gortari.
Colosio tenía incondicionalmente el apoyo y asesoría del equipo político de José Francisco Ruiz
Massieu.
Luis Donaldo recibió varios emisarios que trataron de
convencerlo de que debía cumplir con lo pactado, pero en vista
de su terquedad tuvo que ser eliminado por orden de Salinas.
Cuando José Francisco Ruiz Massieu se enteró de la fatal
noticia dijo en una entrevista periodística: pobre de Luis
Donaldo Colosio, pobre de mí, pobres de los que quieren la
justicia social y la democracia en este país. Sus palabras
fueron proféticas, pues poco después fue eliminado por la misma
mano ejecutora que ordenó el homicidio de Colosio. El salinato
llevó a la tumba a estos dos luchadores sociales; pero son
tantas las personas involucradas en el crimen, entre ellos
algunos militares, que no es posible desenmascararlas a todas;
porque además actuaron por orden del Señor Presidente de la
República, quien en nuestro país es algo así como un semidiós
sexenal; sus órdenes son sagradas y ay de aquel que se niegue a
cumplirlas. Fue ni más ni menos una matanza de Estado como
ocurrió con John F. Kennedy.
Volvamos ahora a la época de Plutarco Elías Calles. Muerto el
General Obregón, que ya había sido electo como presidente para
el sexenio 1928-1934, el ejército se comprometió a no presentar
a un militar como candidato, acatando la sugerencia de los
Estados Unidos. El Presidente Calles estaba inhabilitado para
reelegirse por lo que se presentó la oportunidad de dar el poder
a un líder aglutinador de los partidos políticos; a un hombre
que además de haberse desempeñado como hábil conciliador entre
obregonistas y callistas, era un civil de trayectoria intachable:
el licenciado Emilio Portes Gil, quien además contaba con la
simpatía de don Plutarco.
El General Calles mandó llamar al líder de la Cámara de
Diputados y le transmitió instrucciones precisas. Poco después,
el diputado Aurelio Manríquez, cumpliendo la sugerencia del
señor Presidente lanzó un vibrante discurso diciendo:
Compañero Emilio, el país, el obregonismo y el sistema,
creemos todos que tú eres el hombre indicado en este momento
para asumir la Presidencia de la República. El 25 de
septiembre de 1928 el Congreso de la Unión por elección
mayoritaria declaró Presidente a Emilio Portes Gil, quien tomó
posesión el 1 de diciembre para un período de catorce meses.
Portes Gil, hombre de grandes habilidades negociadoras logró
finiquitar el conflicto religioso. Pidió apoyo diplomático al
embajador de los Estados Unidos en México, Mr. Dwigth Whitney
Morrow, quien con mucho tacto convenció a la jerarquía
católica para que dejara de insistir en que se modificara la
Constitución Mexicana. Este gringo también obtuvo del Gobierno
garantías para que los católicos celebraran libremente misas y
peregrinaciones. Quedaba claro que Portes Gil, los Estados Unidos
y la Iglesia estaban aliados.
Sin embargo, la disidencia interna presionaba a don Emilio. La
clase política obregonista quería el poder, pero todo el poder,
para lo cual sería necesario desplazar al grupo de Calles que
ejercía influencia directa sobre Portes Gil. Los obregonistas
decidieron rebelarse contra el Gobierno y trataron de pactar con
los grupos cristeros que quedaban inconformes al mando del
General Enrique Gorostieta Velarde. Los emisarios obregonistas
Generales Escobar y Manzo no pudieron lograr un acuerdo con
Gorostieta ya que éste se puso en un plan demasiado exigente
acerca de cambiar la Constitución. Por su parte, el Gobierno de
Portes Gil, temeroso de que llegaran a aliarse sus enemigos,
quiso pactar con los cristeros y reconocer a la jerarquía
militar cristera. Gorostieta interpretó la oferta de Portes Gil
como un acto de debilidad gubernamental y exigió más de la
cuenta:
a) tregua nacional inmediata;
b) reconocimiento oficial del ejército cristero como fuerza
federal autorizada; y
c) convocar rápidamente a un plebiscito para reformar la
Constitución.
El Presidente de la República decidió entonces pedir apoyo a
los Estados Unidos para aplacar a los rebeldes en vista de que se
aproximaban las elecciones presidenciales, cosa que fue atendida
hipertrofiando al ejército federal y fortaleciendo la alianza
con la Iglesia Católica. Los obregonistas llegaron a la
conclusión de que era mejor luchar por las buenas y lanzaron
como candidato presidencial al Lic. José Vasconcelos. Sin
embargo, la Iglesia ya había hecho un compromiso con el Gobierno
a sugerencia de los Estados Unidos, por lo que desde El Vaticano
llegó la orden a México para que todo católico votara por el
candidato oficial del Partido Nacional Revolucionario, ingeniero
Pascual Ortiz Rubio.
La Santa Sede envió al obispo monseñor Leopoldo Ruiz y Flores
en calidad de representante del Papa para dialogar con el
Presidente Portes Gil, a efecto de tomar acuerdos resolutivos que
pusieran fin por completo al conflicto IglesiaEstado.
Aunque no se firmó ningún documento, cada una de las partes
leyó su carta de intención. El representante presidencial dijo
textualmente: es intención del Gobierno de la República y
de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos que
se conserve y no se destruya la integridad de la Iglesia
Católica; es intención del Presidente de la República no
intervenir en las funciones espirituales de esta institución
religiosa, por lo que las instituciones del Gobierno se
limitarán a aplicar la ley sin tendencias sectaristas y sin
perjuicio alguno para los ministros del culto. Pero se hace notar
que se mantendrá el debido registro de los sacerdotes así como
la educación laica .
La carta de intención del Vaticano fue leída por el
representante del Papa y decía textualmente lo siguiente:
la Iglesia Católica expresa su beneplácito porque el Gobierno
de la República Mexicana ha reconocido de hecho la existencia de
la Iglesia con todos sus derechos y libertades y porque además
se ha comprometido el Presidente de la República, a solicitud
expresa de su Santidad, a que las leyes, en tanto se logra su
modificación, sean aplicadas con una interpretación benévola;
y asimismo, se otorgará a la Iglesia la amnistía general y se
devolverán a la institución católica los seminarios, casas
episcopales y curales. Además Su Santidad ha quedado debidamente
enterado de las buenas intenciones del Presidente y de las
promesas hechas para que en el futuro se favorezca más a la
Iglesia.
La Iglesia aceptó la paz con el Gobierno por las siguientes
razones:
1.- La disciplina eclesiástica se había relajado;
2.- Los obispos estaban divididos; y
3.- La expansión religiosa estaba estancada.
El Gobierno aceptó la paz con la Iglesia por las siguientes
razones:
1.- Necesitaba fortalecerse el recién fundado Partido Nacional
Revolucionario;
2.- Se avecinaban elecciones presidenciales;
3.- El país atravesaba por una grave crisis económica; y
4.- Existía el riesgo de que los obregonistas enemigos del
Presidente Portes Gil se aliaran con los cristeros.
No todos vieron con buenos ojos la paz pactada entre el
representante del Papa Pío XI y el representante del Presidente
Emilio Portes Gil. La grey católica mexicana quedó dividida; de
los mandatarios eclesiásticos, unos estaban de acuerdo y otros
no. El controvertido arzobispo de Guadalajara Orozco y Jiménez
era partidario de la lucha armada. El obispo de Zacatecas,
Ignacio Plascencia tuvo que amonestar severamente a algunos
sacerdotes que simpatizaban con los cristeros. Había obispos que
consideraban que los arreglos no habían dado ningún beneficio a
la Iglesia y hacían los siguientes cuestionamientos: "¿de
qué han servido tantos sacrificios, si al fin los católicos
hemos de quedar esclavos? ¿de qué ha servido tanta sangre
derramada, tantos sufrimientos, tantas lágrimas, si habríamos
de quedar como estamos ahora, en la misma situación?"
Famosos por su radicalismo e intransigencia fueron el arzobispo
de Durango, José María González y Valencia; el obispo de
Tacámbaro, Lara y Torres; y el de Huejutla, José de Jesús
Manríquez Zárate. Estos mandatarios eclesiásticos continuaron
atacando al Gobierno y sublevando a la gente desde los púlpitos
por lo que fueron reportados al Vaticano y El Papa tuvo que
castigarlos.
Por su parte, los cristeros también quedaron inconformes. El
jefe de los rebeldes, General Jesús Degollado se entrevistó con
el máximo jerarca de la Iglesia Católica en México para saber
si había en el convenio algún tipo de apoyo para sus
combatientes ya que se sentían olvidados. El Arzobispo Primado
le respondió textualmente: yo no sé ni me interesa saber
en qué condiciones van a quedar ustedes. Nosotros ya hablamos
con el Presidente de la República por autorización de la Santa
Sede y ya nos pusimos de acuerdo. Deben ustedes deponer las armas
porque las cosas ya cambiaron totalmente y el pueblo católico
los vería ahora como rebeldes ante las autoridades
eclesiásticas; y el pueblo mismo cooperaría con el Gobierno
para combatirlos a ustedes. La bandera que ustedes estaban
enarbolando ya no tiene razón de existir, una vez que las
autoridades de las partes en conflicto han hecho los arreglos
convenientes. El General Jesús Degollado ordenó disolver
las fuerzas combatientes y muchos cristeros se sintieron
decepcionados porque consideraron esta decisión como una
traición de sus pastores, al grado tal que en determinadas
regiones continuaron los enfrentamientos armados contra el
Gobierno. Los sacerdotes recibieron instrucciones de amenazar con
excomunión a los insurrectos, pero no fue posible apaciguarlos a
todos.
Las cosas iban por el sendero de la tranquilidad pero los masones
presionaron a su hermano Emilio Portes Gil para que no fuera tan
complaciente con el clero, de tal suerte que para congraciarse
con el Supremo Consejo Masónico del Rito Escocés Antiguo y
Aceptado emprendió algunas acciones que despertaron de nuevo los
rencores dormidos. Tomó varias propiedades del clero a nombre de
la Nación; evitó que los sacerdotes extranjeros ejercieran en
el país y publicó un manifiesto donde prometía a la masonería
ser celoso de las leyes constitucionales.
El 5 de febrero de 1930 tomó posesión como Presidente de la
República Pascual Ortiz Rubio. Este presidente fue ilegítimo,
pues las elecciones las había ganado en realidad José
Vasconcelos. Ante las presiones de la Iglesia, de los militares
obregonistas disidentes y de los Estados Unidos, no fue posible
sostenerlo en el poder por mucho tiempo y fue obligado a
renunciar.
El 4 de septiembre de 1932 el Honorable Congreso de la Unión
designó como Presidente sustituto al General Abelardo L.
Rodríguez, para que terminara el período constitucional para el
cual había sido electo Obregón que concluiría el 30 de
noviembre de 1934.
Abelardo L. Rodríguez tenía fama de masón radical, por lo que
tuvo que enfrentarse a una fuerte animadversión del clero. El
Papa Pío XI dirigió una vibrante encíclica a la grey católica
latinoamericana haciendo referencia al anticlericalismo del
Gobierno Mexicano en estos términos: dirijo este mensaje
acerba animi para protestar contra la mala fe de un gobierno
perseguidor.
El delegado apostólico en México y representante personal del
Papa, monseñor Ruiz y Flores, se encargó de difundir
rápidamente la encíclica a lo que el Gobierno respondió con
enojo tomando de inmediato 2 acciones contra la Iglesia
Católica:
a) se reformó el artículo 3o constitucional empezando a regir
la educación socialista;
b) se ordenó la expulsión del país del Nuncio Papal.
Plutarco Elías Calles seguía manejando la situación política
del país. Todos lo reconocían como el jefe máximo de la
nación, de donde la denominación de maximato
a esta etapa histórica de cambios presidenciales.
La prudencia, la diligencia, la moderación, la discreción, la
lealtad y la obediencia del General Lázaro Cárdenas del Río
contribuyeron en buena medida a que el gran elector
le otorgara su voto de confianza. Además, la familia
revolucionaria estaba estructurada y jerarquizada de acuerdo con la masonería.
Plutarco Elías Calles, jefe máximo de la nación, era el Muy
Respetable Gran Maestro de la Gran Logia del Rito Escocés
Antiguo y Aceptado. Lázaro Cárdenas del Río había fundado en
1927 la Gran Logia Simbólica Independiente Mexicana que
rápidamente proliferó en todo el país, fundándose cientos de
logias que trabajaban con principios universales socialistas. Los
miles de masones que trabajaban en torno a la Gran Logia
Cárdenas estaban resueltos a apoyar, hasta sus últimas
consecuencias, la candidatura de su Gran Maestro, a la
Presidencia de la República. Y fueron los masones encabezados
por el expresidente Emilio Portes Gil, quienes hicieron gestiones
y presionaron fuertemente a Calles para lograr la postulación de
Lázaro Cárdenas.
Plutarco Elías Calles tenía fuertes compromisos con el General
Manuel Pérez Treviño, quien le había disciplinado a algunos
grupos militares inconformes y le había cumplido
satisfactoriamente numerosos encargos confidenciales. Pero
Lázaro Cárdenas tenía un gran prestigio que había forjado no
en el campo de las armas sino en el ejercicio gubernamental
honesto y patriótico así como en sus acciones de profundo
alcance social en beneficio de la colectividad; había logrado
conquistar simpatías en las altas esferas gubernamentales, en el
ejército y en los grupos políticos de obreros y campesinos y
una fuerza de simpatizantes que crecía inconteniblemente por el
activismo y proselitismo de las logias cardenistas.
En cierta ocasión algunos líderes se acercaron a don Plutarco
para pedirle su opinión acerca de Lázaro Cárdenas y contestó
textualmente: considero al General Cárdenas como un
individuo serio y muy responsable; sin embargo, para los asuntos
políticos es bastante mediocre y sus aptitudes son muy medianas
y no son las deseables, no tanto para mandar cuanto para
gobernar.
Ante el incontenible y avasallador proselitismo en favor de
Cárdenas, Calles reflexionó y se dijo a sí mismo: si no
apoyo a Cárdenas y gana la Presidencia, perderé la confianza y
la simpatía de los militares que están a favor de él. Me
conviene apoyarlo pues es casi seguro que gane y, como masón,
tendrá que seguir mis sugerencias de manera incondicional puesto
que yo soy el Gran Maestro de la Gran Logia. Don Plutarco
expresó públicamente su respaldo a Lázaro Cárdenas y todos
quedaron aparentemente contentos pero se dieron cuenta de que el
Jefe Máximo de la Nación empezaba a perder fuerza.
Comentario.- Es asombroso el poder carismático que ejerció
Lázaro Cárdenas en la historia política contemporánea del
país. Las logias cardenistas proliferaron con una rapidez
inusitada por toda la geografía nacional. En el Estado de
Campeche hubo una logia cardenista llamada Xkalunkín No.
8, que difundió la ideología de don Lázaro desde la
villa de Hecelchakán, siendo su principal activista y dirigente
el venerable maestro, ilustre y querido hermano masón Joaquín
Cuevas Medina, quien ocupa ya su columna en el eterno oriente y
en cuya memoria se fundó el 17 de agosto de 1991 la Respetable
Logia Simbólica Joaquín Cuevas Medina No. 8.
Volvamos a la década de los años treinta. El domingo
4 de junio de 1933, Lázaro Cárdenas hizo declaraciones a los
medios de comunicación social aceptando su candidatura a la
Presidencia de la República. Las elecciones efectuadas el
domingo 1 de julio de 1934 dieron el triunfo al General Lázaro
Cárdenas del Río, quien tomó posesión de su cargo el sábado
1 de diciembre de 1934.
Cárdenas declaró que no perseguiría a la Iglesia, ya que la
forma más eficaz de alejar al pueblo de ella era la educación.
Se dedicó entonces a fomentar la educación laica y a difundir
entre los estudiantes la instrucción científica y tecnológica
así como las ideas progresistas y liberales de tendencia
socialista, por lo que la Iglesia Católica se declaró contraria
a las ideas cardenistas; sin embargo, estaba complacida pues el
Presidente le otorgaba amplias facilidades para ejercer su
dominio sobre la fe del pueblo.
Tras bambalinas Plutarco Elías Calles ejercía su poder pues
controlaba a los militares. Después de muchas sugerencias a su
pupilo Cárdenas para que persiguiera y atacara brutalmente a la
Iglesia, decidió actuar por su cuenta y ordenó que se amenazara
y golpeara a algunos sacerdotes. El representante del Papa llegó
a un acuerdo con el Presidente de la República para que cesara
esta hostilidad no aprobada por don Lázaro. Y debido a éstas y
otras acciones de Calles que iban en contra de la política
cardenista el 10 de abril de 1936 fue expulsado del país el
General Plutarco Elías Calles por orden del Presidente General
Lázaro Cárdenas del Río. A partir de entonces la Iglesia
Católica y el Gobierno se dieron de nuevo las manos y empezaron
una labor de reconciliación y alianza que creó una atmósfera
de tranquilidad y de progreso. El maximato había sido
exterminado.
El domingo 1 de diciembre de 1940 tomó posesión del cargo de
Presidente de la República el General Manuel Ávila Camacho. En
su discurso inicial se declaró católico lo cual fue
tremendamente contrastante con la política seguida por sus
antecesores. La etapa de Ávila Camacho fue considerada como la
época de oro que vivió la Iglesia Católica pues se acabaron
los forcejeos con el poder gubernamental. Todos los asuntos y
controversias eran resueltos favorablemente para la jerarquía
eclesiástica.
Vinieron luego una serie de períodos gubernamentales en los que
la Iglesia Católica gozó de mucha tranquilidad. El clero
político decidió actuar prudentemente, con lentitud, con
inteligencia taimada y con capacidad de prever y de aguardar el
momento oportuno de tomar las riendas del país. Con Miguel
Alemán hubo paz semejante a la pax porfiriana; con Ruiz
Cortínez se mantuvieron relaciones de gran cordialidad y
respeto, dándose el caso de que la propia esposa del Presidente
fue la madrina de las obras de mejoramiento que la Iglesia
realizó en la Basílica de Guadalupe. El Lic. Adolfo López
Mateos fue excesivamente tolerante; cuando el Gobierno
estableció la distribución gratuita del libro de texto para las
escuelas primarias, el clero político y sus seguidores hicieron
una serie de manifestaciones públicas de repudio y ataque al
régimen de López Mateos. La excesiva paciencia y tolerancia del
ejecutivo permitieron soportar las furiosas diatribas de la
Iglesia Católica. El Lic. Gustavo Díaz Ordaz aplicó su
política de no intervención que hizo extensiva a la Iglesia;
más bien la Iglesia no lo molestó para nada ya que el
Presidente acataba las sugerencias de la jerarquía eclesiástica
en vista de que Gustavo Díaz Ordaz Bolaños Cacho era Gran
Caballero de Colón de Institución Católica Romana. Luis
Echeverría y López Portillo, ambos de extracción liberal y
vinculados fuertemente a los descendientes del célebre Ilustre y
poderoso Hermano Masón don José Guadalupe Zuno Hernández,
encarnizado enemigo de la Iglesia Católica, permitieron la
sistemática violación al mandato constitucional contemporizando
con el clero para evitar enfrentamientos y asignando cuantiosas
sumas a la remodelación y ampliación de los templos católicos.
Durante el régimen del Lic. Miguel de la Madrid Hurtado se
hicieron públicas numerosas tendencias eclesiasticopolíticas;
el alto clero supo aprovechar un comportamiento paciente y sereno
del Presidente para procurar volver por sus fueros exigiéndole
que se reformara la Constitución.
El régimen del Lic. Carlos Salinas de Gortari fue de un rotundo
triunfo para la Iglesia Católica. Consiguió que se reformara la
Constitución para reconocerle personalidad jurídica y permitir
a los sacerdotes participar en la política. Asimismo, se
reconoció la personalidad diplomática del Vaticano y se nombró
un representante del Gobierno Mexicano ante el Gobierno de la
Iglesia Católica, mismo que fue enviado en calidad de embajador
a Roma.
El Gobierno de la República está cediendo terreno a la Iglesia
Católica; ha permitido la hipertrofia del Partido Acción
Nacional que representa los intereses del clero político
habiéndole cedido importantes gubernaturas y numerosas
alcaldías y cargos públicos. En resumen, la Iglesia Católica
está de plácemes pues ha tomado el control de ciertas áreas
clave de la administración pública y se prepara para
incrementar su influencia y su poderío. Vale la pena citar el
caso del obispo Samuel Ruiz que ejerce una influencia política
enorme en el sureste de la República Mexicana.