El Orador

Por Adrián de Jesús Mellado González

Antiguamente se daba el nombre de Orador a todo aquel que arengaba a la multitud o que hablaba en público. En la acepción más genuina y general de la palabra es el que sabe convencer, conmover y entusiasmar a sus oyentes. Entre los antiguos el orador defendía en la plaza pública, en el foro, delante del Aerópago y del Senado, las causas de las leyes, de la libertad de la patria y de los acusados políticos.

Muchos creen que bastan las reglas de la retórica para hacer un buen orador, la verdad es que es necesario contar con el auxilio del arte y el trabajo, impulsados por el sentimiento y la convicción: para ser elocuente le basta la hombre estar dotado de inteligencia e imaginación y estar animado por el sentimiento de alguna ardiente pasión.

El arte oratorio consiste en conocer a los hombres, así como sus inclinaciones, sus costumbres, sus preocupaciones, sus gustos, sus repugnancias sus vicios, sus virtudes, etc.: en tratarles con deferencia en vez de combatirlos rudamente de frente desde el primer momento; en disponerles hábilmente y poco a poco para que os escuchen y se hagan asequible a los sentimientos que se trate de inspirarles o las verdades que se les quiera convencer: en una palabra, es subyugarles por la fuerza de la razón y conmoverles por las de las emociones que se hagan experimentar.

El orador es uno de los cinco dignatarios de la Logia, que sigue a los Vigilantes en el orden jerárquico, es sin embargo su cargo, el mas difícil y delicado de todos, y la importancia de sus funciones de tal naturaleza, que supera en algunos casos a la del mismo Venerable. Desgraciado el Taller, que sufriera al Venerable y al Orador, coaligados en su contra. El desorden, la anarquía, el escándalo y la ruina nacerían, irremisiblemente, de tan monstruosa como fatal unión; y al contrario, feliz y venturosa la Logia, en la cual ambos funcionarios marchen por la línea de sus límites naturales, es decir, por el recto camino que le tracen los Estatutos de la Orden y los Reglamentos particulares de la Logia.

Un Venerable tal como debe de ser no se encuentra fácilmente ; pero aún es mucho mas difícil encontrar un Orador con semejantes condiciones. El Orador puede ser comparado con el Ministerio Público de los tribunales en el orden profano. Este, si no puede prevenir los abusos y los proyectos criminales, puede cuando menos denunciarlos y detener o contrarrestar la acción. Sea pues el orador siempre y en todas las ocasiones el defensor de todos contra uno o contra muchos cuando haya lugar; que jamas se convierta en sede del poder, porque este en Masonería no distribuye ni honores ni recompensas; pero que, sabio y prudente observador de las conveniencias sociales, ponga siempre el mas escrupuloso cuidado en no erigirse como una autoridad rival del Venerable, porque ningún hermano de recto criterio lo apoyaría.

Uno de los errores que se cometen con frecuencia y que deberá evitar el buen orador, es el de abusar del uso de la palabra, restando oportunidad a los demás hermanos de aportar sus opiniones. Su participación deberá ser concisa sin por ello dejar de ser clara e ilustrativa, dando con ello ejemplo a los demás hermanos de sobriedad en la participación.

El orador, según las prescripciones estatuidas por todas las potencias masónicas, es el guardián y conservador nato de los Estatutos y Reglamentos Generales de la Orden y los particulares del Taller. Debe, por tanto, hacer un estudio particular y detenido de los mismos.

No hablaré en este momento de las prerrogativas y deberes del Orador, los cuales están debidamente explicados en nuestros manuales, sirva, mas bien, esta intervención para destacar que de sus palabras, de su diplomacia, de su acierto dependen la opinión y el buen nombre de todo Taller.

Dicha queda así, la importancia que tiene para una Logia el buen desempeño del Orador, y la trascendencia que envuelven sus actos.

Es cuanto queridos hermanos, que la paz del espíritu esté con ustedes.