Por Gonzalo Sobrino Lázaro
El ser humano tiene derecho a la excelencia; merece
ser excelente y merece recibir lo excelente. Es obvio que para
que se dé lo segundo se debe llenar el primer requisito. Si
queremos que lo mejor llegue hasta nosotros tenemos qué dar lo
mejor de nosotros mismos porque en el dar está el recibir; si
deseamos que se nos trate bien deberemos de tratar bien a los
demás.
Si creemos que merecemos ser premiados, tendremos que esforzarnos
por demostrar que nuestro trabajo es de primera calidad. Jamás
se ofrecerán premios para los que trabajen mal o de manera
mediocre y conformista, para salir del paso, para cumplir
simplemente o para ganar un sueldo; los estímulos se ofrecen a
quienes demuestren ser los mejores, a quienes presenten ideas
innovadoras y exitosas y a quienes se identifiquen plenamente con
la empresa para la cual prestan sus servicios. Ante estas
premisas inobjetables, debemos, pues, salir de la mediocridad.
Debemos dar el paso decisivo que nos lleve a destacar y a ser
considerados como los mejores. Pero es preciso reflexionar
seriamente en que no es tan fácil sobresalir porque los
envidiosos y los acaparadores y codiciosos representan serios
obstáculos para los que pretenden destacar. Mientras más sea el
poder de los obstaculizadores de la excelencia, mayor dificultad
habrá en un pueblo para salir del ambiente de mediocridad y de
atraso social.
Se dice que nadie es profeta en su tierra porque el individuo que
sobresale es obligado a abandonar su lugar de origen en vista de
que los que se consideran dueños del terruño pretenden
adueñarse también de la capacidad, de la inteligencia y del
talento. La élite que se siente propietaria de los bienes
materiales, trata de ser dueña también de los bienes
inmateriales y lucha por controlarlo todo, incluso la premiación
de los concursos para estimular la aparición de la excelencia.
En una sociedad decadente la originalidad es ahogada, el arte y
la tecnología son comprados o plagiados; nadie que no sea de
sangre azul o que no esté vinculado con los grupos de poder
tiene derecho a destacar; la presencia de los talentos nuevos es
indeseable en tanto que no sean controlados y maniatados por la
conducta conservadora predominante, que es la que coloca en
puestos clave a los mediocres con tal de que posean gran
vocación de títeres y carezcan de escrúpulos y de talento;
todo lo cual obliga al profeta a abandonar su tierra y a serlo en
otro lugar distinto.
Por fortuna para los mexicanos, esta situación es la
excepción y no la regla. Todos tenemos oportunidades para
triunfar, lo cual solamente se logra desarrollando un esfuerzo
permanente pleno de constancia, de fervor y de entusiasmo. Si
queremos alejar de nuestro destino el desánimo, el desaliento,
la desilusión y el pesimismo, y llegar al éxito, debemos
demostrar que nuestro trabajo es lo máximo.
No existe mejor camino para llegar al éxito que trabajando de
manera intensa, constante y entusiasta. La persona que no desea
trabajar así, caerá irremediablemente en la mediocridad, en la
frustración y en el fracaso. Trabaja sin demostrar mediocridad.