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HOMILIA DEL PBRO. IGNACIO FERNANDEZ GONZALEZ
VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)
La liturgia de este domingo nos presenta a un Dios lleno de
amor, bondad y ternura, que nos invita a
nos excluir a nadie,
a no marginar a nadie por ningún motivo, sino que nos
aceptemos todos ya que todos formamos parte de la comunidad
cristiana.
La 1ª lectura del libro del Levítico
nos describe el proceso por el que un
“leproso” era
declarado impuro y separado de la comunidad de Israel.
El leproso era
un marginado, un
excluido de la sociedad, para todos los efectos, era una
persona muerta en vida.
Cuando una persona tenía lepra, se pensaba que era porque él
o sus padres eran pecadores y por lo tanto la lepra se veía
como un castigo de
Dios. Hoy
también nos encontramos con personas que ante una
enfermedad, o una desgracia piensan que es un castigo de
Dios y llegan a decir:
“¿Qué habré hecho yo
para merecer esto, Señor?”
Ni la enfermedad, ni las desgracias son queridas por Dios,
son consecuencia del mal uso de nuestra libertad y de las
limitaciones humanas.
Pero Dios no
castiga a nadie con la enfermedad o la desgracia.
Por ello, no marginemos a nadie porque sufre alguna
enfermedad o desgracia.
Como cristianos estamos llamados a acercarnos a todos
y tender la mano a los que más nos necesitan y hacer como
Jesús, acercarnos, con amor, a los enfermos y marginados y
ofrecerles nuestra ayuda.
La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios
nos decía: “Todo lo
que hagan… háganlo para gloria de Dios”
Si este principio cristiano, lo llevásemos todos
a la práctica, evitaríamos muchísimos problemas en nuestra
convivencia familiar, laboral y social.
Si todo lo que hacemos, si nuestro estilo de vida, si
nuestra manera de relacionarnos con los demás y con las
cosas, si todos nuestros pensamientos fueran para mayor
gloria de Dios, ¡que
diferente sería este mundo! ¡Que diferente serían
nuestras relaciones con los demás!
Hacer todo para darle gloria a Dios,
no es una tarea
fácil, porque para ello tendríamos que ser capaces de
prescindir de nuestros intereses egoístas y personales para
dar prioridad a los
planes y proyectos de Dios.
Hay personas que creen que en la Iglesia hay que ser muy
buenos pero en la calle hay que hacer lo que hace la mayoría
o lo que está de moda.
Nos damos la paz en la Iglesia pero al salir a la
calle somos capaces de explotar o humillar a nuestros
hermanos y si no lo hacemos directamente, colaboramos con
empresas o situaciones que sí lo hacen.
Como cristianos tenemos que renunciar a nuestros intereses
personales o incluso a nuestros derechos,
si estos van contra cualquier ser humano y hacer todo
para gloria de Dios, es decir actuar siempre con amor y
caridad hacia el prójimo.
El
Evangelio de San Marcos
nos presenta la actitud de Jesús con un leproso. Jesús
“se compadeció,
extendió la mano, lo tocó y lo curó”. Jesús se acerca a
todos y deja que todos se acerquen a Él.
Cristo no admite divisiones, ni exclusiones.
Algunas personas se apartan de los marginados; les incomoda
la presencia del enfermo, del pobre, del marginado.
Preferimos que estén lejos, no queremos cerca el contacto
directo con el dolor y la miseria, evitamos la relación y
contacto con los que sufren. Existen entre nosotros muchas
“lepras” que
hacen infelices a los hombres y mujeres y los sitúan en el
grupo de los marginados. Hay quienes nos incomodan,
molestan, y preferimos no verlos y su única desgracia es
sufrir injusticias y tragedias sociales.
Pero hay también otros, que nos incomodan y molestan, y
preferimos no verlos. Son
los que no piensan
como nosotros, los que tienen otra visión de la vida
cultural, social, económica o política.
Nos separamos, nos protegemos detrás de nuestra vida, de
nuestras ideas, de nuestros intereses, de nuestras
ideologías, y nos defendemos de sus ideas, de sus intereses,
de sus ideologías. Así nuestra sociedad aparece
dividida, separada
en grupos cerrados, no se tiende la mano, los grupos
tratan de ignorarse. Nos hemos acostumbrado a aceptar solo a
los “nuestros”,
a los demás los toleramos, o los miramos con indiferencia.
Hay personas con las
que no nos gustan que nos vean, con las que no platicamos
y si platicamos… a
veces sería mejor que guardáramos silencio.
Hay grupos sociales,
políticos e incluso religiosos que se ignoran.
Claro que no todos tenemos que pensar igual, ni tenemos que
formar parte de los mismos grupos sociales, políticos,
religiosos, por supuesto que no, pero, al menos, hemos de
mantener el respeto a las opiniones y actitudes de los
demás.
Dios nos ha dado libertad para pensar, para ser diferentes.
No ha querido clonarnos, nos ha hecho así, limitados pero
libres y con nuestra libertad hemos de empeñarnos por
trabajar todos juntos por el desarrollo y el progreso de
nuestro mundo, buscando
lo que nos une y
no lo que nos separa. Dispuestos a ayudar sobre todo a los
castigados por la vida
Jesús, curando al leproso nos enseña que
el amor no margina a
nadie. No
marginemos nosotros a nadie por su ideología, o su manera de
pensar.
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