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Las ideologías han muerto y en Italia empieza a reinar el simple y concreto sentido común. Quizá lo mismo esté más o menos rápidamente sucediendo en toda Europa. Al imperio de los abstracto –toda ideología es abstracta- sucede el reino de lo concreto. Es una metanoia generalizada, “metanoia” en el sentido de revolución mental. Puede, por supuesto, haber excepciones, pero son pocas. Privada de repente de sus ideologías, la juventud se busca, y no raras veces se encuentra a sí misma, en la práctica del voluntariado. Esto existía ya en Estados Unidos y mucho más de lo que podía pensarse. Pero los ojos extranjeros que miran a Estados Unidos y mucho más de lo que podía pensarse. Pero los ojos extranjeros que miran a Estados Unidos tienden a ver lo negativo en vez de lo positivo. De modo que ahora el gran ejemplo puede llegarle a México no de su vecino del norte sino de los lejanos europeos.
Me refiero al ejemplo del voluntariado. No un voluntariado oficial, gubernamental, burocratizado, sino el libre anhelo del alma que busca una razón moral al hecho de que el hombre vive en esta tierra. Las grandes crisis de la conciencia italiana llevan a la juventud de este país a encontrar una razón de vida que le cree obligaciones, le robe tiempo, justifique su existencia, se añada al trabajo regular… ¡y no le haga ganar nada, ni dinero ni fama! Quienes consagran dos o tres horas para acompañar a sus sesiones de terapia a algún enfermo de cáncer no se proponen, está claro, ganar algo: quizá ni siquiera una sonrisa benévola por parte del Señor de los cielos. Para que el voluntariado sea de veras tal cosa, ninguna recompensa de ningún género debe llegarle al que lo cumpla. Ni esperanzas de paraísos ni elogios mundanales, y por supuesto ni un centavo: voluntariado es dar sin recibir nada en cambio: un nada total. Es en este “nada total” donde mora la fascinación del voluntariado frente a cierto número de jóvenes europeos.
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“Do ut des”, se decía en las remota antigüedad: te doy para que me des. Tal idea del premio, del compenso, de la contraparte…, ha regido hasta ahora hasta la aparentemente más noble conducta humana. Ahora ya no: ahora tal parece que subimos -¿o bajamos?- a un nivel distinto. Ahora empieza a serpentear la doctrina según la cual la más seductora tentación del ser humano es, o puede ser, el acto perfectamente gratuito. Es lo contrario de lo que hemos concebido como el bien hasta hace muy poco tiempo. El “bien” era la ganancia, el éxito, la recompensa, el dinero. Más dinero ganaba y acumulaba uno, más este uno se sentía amparado por alguna protección divina. Dios estaba con los ricos, los triunfadores, los exitosos. Es posible que Jesús de Nazaret haya predicado lo contrario, pero nadie o casi nadie hasta ahora le había hecho realmente caso. El más puro de los santos deseaba silenciosamente el terrible premio de los estigmas. Y ahora empieza a asomarse la idea, justamente, de “otra cosa”. Como si una presencia llamada Espíritu Santo volara con suma discreción entre los seres humanos para inspirarles de súbito la suprema tentación de canjear “algo” contra “nada”…
Solo aconsejo que se reflexiones sobre lo que estoy sugiriendo. No puedo excluir que éstas sean palabras dementes. En cierta medida estoy tratando de quebrar la ley del karma. La ley de karma consiste en saber definitivamente que a cualquier causa debe corresponderle un efecto. Ahora alguien aspira a colocarse en una dimensión en que ninguna acción, sea ella la más elevada, produzca un efecto de bien. La inteligencia más fina de lo que suele llamarse voluntariado debería llevarnos a eso: a no recibir en cambio ab-so-lu-ta-men-te nada. Ni aquí ni en lo más profundo de los cielos.
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Entonces –se me objetará- ¿Por qué actuaría el hombre? Si ni siquiera anhela el pláceme de Dios… ¿para qué se mueve? Admito que nos hallamos en pleno misterio psicológico. Es sin embargo un “misterio” que la razón no desdeña. Espiritualmente sabia, la razón no interviene para no inquietar de ninguna forma el proceso del cerebro y del alma. La razón sólo se queda observando.
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Escribo estas líneas en mi cuarto de dormir de la casa de Livorno. Hay una sola ventana, muy grande, y mira hacia el oeste. Puesto que ahora es la tarde, tal vez sean las cinco de la tarde, el sol que camina hacia el aún lejano ocaso embiste los vidrios de mi ventana. Para convertirla en mi alcoba he escogido esta habitación por motivos que ignoro. Hubiera podido hacer mío un cuarto mucho más amplio. Pero no: éste se ha impuesto a mi corazón. Hoy es el tercer día de mi permanencia aquí. Para mayores señas, hoy es el lunes 30 de mayo de 1994. He transcurrido extrañamente a gusto de las dos noches pasadas. He dormido más que de costumbre, pero también cuando me hallaba despierto reconocía en mi una insólita forma de placer. Pensaba en la extensión de mi vida, en el hecho de que me encuentro ahora a unos cientos metros de distancia del edificio donde nací, y también pensé en los años que tal vez me esperen todavía. Me siento bien.
Ayer por la tarde fuí con dos familiares y un amigo a visitar unas cuantas tumbas de nuestros antepasados. El camposanto se llama de la Misericordia, uno de los más hermosos de Livorno, y no había gente: nosotros éramos los solos visitantes. Había hileras de cipreses de una belleza trastornadora; silencio y armonía. Me entretuve leyendo lápidas y estaba muy consciente de la perfecta serenidad que me embargaba. El nicho donde descansan ahora los últimos restos de mi abuela Ida Duranti, fallecida en 1937, se encuentra en una encantadora galería, de una elegancia indescriptible, pero muy en alto en el muro de la izquierda. Había llevado unos cuantos claveles y la única manera de ofrecérselos era aventándolos uno tras otro hacia la elevada cornisa con toda la fuerza de mi brazo derecho. No le atiné demasiado pero salí contento.
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Luego, siempre en medio de aquel atardecer fabuloso interminable, fui al no lejano mar en un lugar cerca de la Academia de Cadetes que se llama Barriera Margherita (hablo del lugar de la costera: no, por supuesto, de la academia). Llegué hasta una roca rodeada de mar, me quité zapatos y calcetines y puse mis pies en agua un poco fría. No había nadie: sólo una gaviota incansable. El mar brillaba. A lo lejos había tres barcos. El inmenso solo como que no quería acostarse. Todo era azul y oro.

Mirando el mar hasta sus extremas fronteras, también pensé en México, como a menudo lo hago. Se me ocurrió preguntarme que habría pasado finalmente con esa vil fechoría del CONACULTA, o como se llame, destinó para siempre dinero público con tal de favorecer a sus lacayos. Antes que yo saliera de México se me hicieron numerosas promesas: ¿Se cumplirá alguna de ellas? Cuando recibí el Premio Latini, el embajador de México en Italia, Dante Delgado, se molestó yendo a Florencia para honrarme con su presencia y la de toda su familia. Pronunció palabras que no olvido. Este es el México digno ser amado… pero ¿Y el otro? ¿El otro que menosprecia a su más fiel amigo luego de más de cuarenta años de presencia?.
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