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Una lectora de Pátzcuaro, pues sí, me propone hablar de paraísos. Así en plural. El lector creerá que estoy inventando pero es la verdad. La señora me ha resultado bastante culta y además es evangélica. “Hable de paraísos”, textualmente me ha dicho. No soy un especialista en paraísos mas sí (un poco) en instituciones y filosofías religiosas. ¿Y qué más soy?
Nada más. Al paraíso católico lo respeto pero me aburre. Todas esas harpas y cantos de gloria. Nunca me he sentido del todo convencido de que al Señor Dios le encante de veras que se le alabe interminablemente. Quizá le daría más gusto que en vida fuésemos bondadosos con los pobres animales. Quizá haya inventado a los animales, Dios, y los haya hecho tan débiles y de buena fe, para que al astuto hombre se le mida según el trato que les otorgue a ellos. Pero esta mañana mientras me afeitaba me prometí a mí mismo que en el artículo de hoy no hablaría de animales y no voy a violar tan importante promesa.

San Agustín habla bien -¡no faltaría más!- de paraísos o, mejor, del Paraíso cristiano tal como lo concebían en la Edad Media. Un “gran sábado”, lo llamaban judaicamente: descanso sin fin del cuerpo así de claro lo añado yo. ¿Se me permiten tres o cuatro líneas en esplendido latín? “Ibi vacábimus et vidébimos, vidébimus et amábimus, amábimus et laudábimus.” Allí descansaremos y contemplaremos, contemplaremos y amaremos, amaremos y loaremos. Vuelve pues a salir el verbo “loar”. Habrán notado los lectores que me permito poner acentos en las palabras latinas, lo cual por lo general no se ponen, para que la lectura de la prosa agustiniana sea bella y correcta. Luego, si me acuerdo bien, el santo autor de La Ciudad de Dios añade otra hermosa sentencia: “Ecce quod erit in fine sine fine”: he aquí lo que habrá al final pero sin final.
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¿Se imaginan una alabanza general, ininterrumpida, universal, cósmica, sin fin en el tiempo? Evidentemente era fácil de contentarse la gente medieval. Hoy somos un poco más exigentes; a mí, por ejemplo, más que tanto alabamiento y panegírico sin mucho chiste me gustaría sentirme rodeado por los seres que he amado en este o esta “Lacrymarum Vallis” Valle de lágrimas. Personas y perros y hasta ratas, por supuesto, pero he prometido no hablar de animales. Sólo diré que un paraíso sin ni siquiera una rata se me haría tétrico.
Nuestro antepasados (religiosamente hablando) los judíos no fueron nunca muy parlanchines acerca de lo que nos toca a los buenos y/o malos después de esta preciosa vida. El judío, como bien se sabe, ama mucho esta vida, y a su Dios (que es casi igual al nuestro) le llama Jaím, algo así como “viviente”. Sin embargo uno de los trece artículos del de Maimónides, me parece que el número 11, dice textualmente: “Creo en una retribución en este mundo y en el otro”. Se habla a menudo, expresión muy bella, del “seno de Abraham” en que todos nos volveremos a encontrar un día. Sin contar que en el artículo decimotercero y último de tan venerable profesión de fe añade textualmente: “Creo en la resurrección de los muertos”.
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El samsara (Hinduismo)
Yo sólo murmuro “amén”: así sea (pero con mariposas y todo).
La concepción más fantástica del Paraíso es para mí la de los budistas, maestros siempre de paradójico intelectualismo. Para decirlo brevemente sépase que este mundo, el que nos rodea, en de los Fenómenos, el del espaciotiempo, se llama “samsara”: es aquí donde nacemos y envejecemos y morimos interminables veces hasta que un día, para decirlo así, logramos felizmente escaparnos al llamado “nirvana”, palabra de la lengua sánscrita que significa, ay, “extinción”. Nirvana como felicidad suprema, piensa la gente siempre víctima de ilusiones; pero en realidad el nirvana es igual a una vela que se apaga: ¡puro nada! Con otras palabras: la mayor recompensa del más maravilloso de los seres es dejar de ser…
Al que quiera entender algo más, o por lo menos intentarlo, digo como a la lectora de Pátzcuaro: lean mi libro Buda y su glorioso mundo en la nueva edición de editorial Lectorum. La edición anteriormente publicada por el Grupo Diana hizo el fin de todos los libros de CC: el agotarse, o sea la nada. Aún más claramente: todos mis libros son, en este divertido México, simples velas apagadas…
Mahoma volando sobre el paraíso (Islam)
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El paraíso más apetecible es sin duda el del profeta Mahoma: habrá que transitar por un puente “más sutil que un cabello y que el filo de una espada” sobre un abismo inmenso que es el infierno. Los buenos creyentes no tendrán dificultad en franquearlo: los espera un lugar de delicias con árboles cargados de frutas, agua clara, leche dondequiera, vino, miel alfombras y compañeras llamadas Hûr, “las bellas de ojos negros” cuya virginidad se renovará interminablemente. ¿Ven porque vale la pena ser excelentes musulmanes y, si es preciso, morir por el Islam?
Quedan, por supuesto, otros paraísos: por ejemplo, los del hinduismo en general. Pero para otra vez será, por motivos obvios.
Artículo publicado en el Diario Excelsior de fecha 28 de abríl de 1999. "Hablando de Paraísos". Autor: Carlo Coccioli (1920-2003)
Hemeroteca del Museo Casa della Cultura Carlo Coccioli.
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