Yolanda Vargas Dulché
                                                 Carlo Coccioli (1920-2003)                                             

       

 

Nosotros los escritores “serios” –tendré que poner en comillas porque no estoy seguro de que este calificativo nos (o: les) vaya a los escritores en los que estoy pensando- ¿cuál debe ser nuestra actitud correcta, humana, decente, inteligente, honorables, digna, etcétera en evaluar a una escritora “de distinta naturaleza” como lo ha sido, y con infinito éxito, la señora Yolanda Vargas Dulché quien acaba de fallecer? Cuando supe hace horas, que ella había muerto sentí algo –algo indefinido- que me dolía. Luego me puse a reflexionar.

 

Conocí a la persona, hace años, y la frecuenté bastante por otras circunstancias que ahora no vienen al caso. La encontré encantadora. Simpática, cordial, inteligente, irónica, y además dando la impresión de cierta bondad congénita. Conocí a Guillermo su esposo y a sus dos hijos, un muchacho y una muchacha, eran extraordinariamente bellos. Luego sucedió que el salinato en sus inicios mandó a la cárcel a don Guillermo, dizque por delitos fiscales, y blablablá. La verdad se sabe o no se sabe; si se sabe, no vale la pena que la recuente yo; si no se sabe, pongámosla entre las “vendette” sículas importada a México, y paz.

Yolanda Vargas Dulché (1926-1999)

Es que yo trato de investigar otra cosa: quisiera saber si doña Yolanda fue una notable escritora o no. Lo digo poniéndome en el nivel de los escritores como Thomas Mann, como Albert Camus, o como el mismo Malaparte. La respuesta que doy es que sí doña Yolanda fue excelente escritora hasta poniéndola en la jerarquía a la que acabo de aludir. No he leído mucho de su obra, pero de ninguna manera su obra ha pasado a mi lado dejándome indiferente. Se sabe, por eso de las telenovelas y fenómenos parecidos, que literariamente soy disfrutador del “genio” ajeno de criterio muy amplio. Amplio y al mismo tiempo estrecho: perdón, pero cuando murió don Juan Rulfo yo no le consagré ningún columpio. A la inventora del negrito “puro” Memín Pingüín sí se lo estoy consagrando.
Negrito puro” no es una expresión mía, pertenece a Domínguez Aragonés con quien acabo de tener una breve conversación telefónica. Breve porque son las cinco de la tarde y el amigo esta comiendo. Me di cuenta de que, al hablarle a Edmundo de Vargas Dulché, lo ponía en estado de excitación, como de cólera. Y esto me gustó porque algo del mismo género me embarga a mí en este momento. Como don Edmundo lo sabe casi todo, y yo no sé casi nada, me enteré por él –entre por lo menos otras doscientas rápidas preciosas cosas- que doña Yolanda regaló mucho dinero, cierto día, al Centro Nacional de Escritores para que se otorgarán becas a escritores como nosotros, o sea “serios”. Nunca hizo tal cosa el premio Nobel Octavio Paz; ni de vivo ni de muerto. Tampoco dio dinero para que se cuidaran y esterilizaran perros y/o gatos, pero esto es asunto suyo.
                                                                                              
 

       Memín Pingüín, personaje creado por Yolanda Vargas Dulché   

Regresemos a la fenomenal Yolanda. Cómo la pueda juzgar la Literatura Light, francamente no sé. Pero no he olvidado que en la década de los 50 uno de los motivos que me mantuvo en México, créalo usted o no, fue el México de Gabriel Vargas. Nadie “me explicó” a México como me lo explicó don Gabriel. En aquella remota época empecé a leer también “Lagrimas y risas”. Así aprendí un español no muy light pero sí muy sabroso. Cuando quise verificarlo, por decirlo así, con los “grandes” autores “serios”, empecé por los Mexican Boys y los volúmenes, cayéndome sobre los pies por su propio peso, me hicieron daño y tuve que buscar a un ortopedista. Se salvaron unos cuantos Reyes, unos cuantos Vasconcelos, y no sabría añadir quiénes más. Entonces entré por la puerta ancha de la literatura española de España enamorándome al mismo tiempo de Benito Pérez Galdós y de Jorge Manrique. 

Esto nos aleja de doña Yolanda, pero no tanto. Tenía un poder de comunicar que olía a prodigio. También lo tuvo Pérez Galdós y también lo tuvo el sumo Manrique. Por añadidura, y por lo que me consta a mí, jamás doña Yolanda fue negativa. Llevó a sus millones de lectores mexicanos –un pueblo que teóricamente nunca lee- pasiones buenas, sensaciones decentes, y un sincero amor a la vida. No estaría nada mal que de vez en cuando los jueces del Nobel doblegaran sus sabias cabezas sobre una Yolanda Vargas Dulché cualquiera. Pero aquí es donde me estoy equivocando: jamás una Vargas Dulché es cualquiera. En una determinada época literaria, de Paces  y Rulfos “et alii” puede haber decenas; de “esas”, Yolanda hay sólo una.

En fin: yo me atrevo a creer que fue, desde luego a su manera, una gran escritora mexicana, no digo “genial” pero casi. Me corrijo:sí fue genial. El llamado genio toma formas distintas y anda por caminos raros. Y no crean ustedes, por favor, que soy de boca fácil. En estos momentos, por ejemplo, no estoy viendo ninguna telenovela; ninguna de las actuales me fascina. Me esforcé por adoptar a una, lo confieso, pero luego de veinte minutos le ofrecí disculpas y apague el televisor. Mis cálidos deseos, ahora, para que la extraordinaria Yolanda Vargas Dulché encuentre un mundo invisible a su medida. Ojalá un día u otro yo pueda volver a saludarla y a felicitarla allí.

 

Artículo publicado en el Diario Excelsior de fecha 11 de agosto  de 1999. "Yolanda Vargas Dulché". Autor: Carlo Coccioli (1920-2003)

Hemeroteca del Museo Casa della Cultura Carlo Coccioli.

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