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La mañana del pasado domingo, el semáforo de la calle de Morena en la esquina de Mier y Pesado “despertó” arrancado del suelo. ¿Qué irresponsable borracho en automóvil cometió tal bajeza? ¿Cuántos son los semáforos capitalinos destruidos de igual maneta cada fin de semana? ¿Por qué diablos beben aquellos que no saben controlar su manera de beber? Ya me sé la respuesta: beben porque beber equivale a ser muy hombre. Es, por supuesto, una mentira: uno de los muchos mitos nacionales. Abundantemente se ha comprobado cuán poco resiste lo macho al impacto del alcohol. Ya se dio cuenta de ello, hace cuatro siglos, el padre Sahagún. Los bebedores se transforman en lloriqueantes e irresponsables mujercitas. Se declara que se quieren mucho y se besan en los labios. No es raro que se transformen en mujerzuelas.
Pero no es de simples borrachos, de asociales bebedores “sociales”, de quienes pretendo hablar en este artículo: sino de alcohólicos. Parecen iguales y no podrían ser más distintos. Los borrachos que sólo beben porque son unos tontos, no se merecen ningún respeto: los alcohólicos se lo merecen todo. El alcoholismo es una enfermedad. No lo digo yo: lo afirman los médicos y lo reconoce la Organización Mundial de la Salud. El alcoholismo es una enfermedad con tres adjetivos: incurable, progresiva, mortal. Al alcohólico no se le cura nunca (¡desconfíen de las instituciones que sostienen lo contrario!; cuando mucho, se detiene su enfermedad. La enfermedad del alcoholismo se detiene cuando el alcohólico deja de beber.

Alcohólismo
El gran Cantinflas diría que “ahí esta el detalle” ¡Pues es más fácil parar con la mano una locomotora lanzada a toda velocidad, como en las estampas maoístas, que, cuando se es alcohólico, dejar de beber!
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Es un mal de la voluntad. Por mucho que en sus momentos de lucidez lo desee, el alcohólico no puede dejar de beber. Es una compulsión tan enajenante que hace pensar en un mal sagrado. Concierne al cuerpo, a la mente, y también a esa pequeña y vaguísima “presencia” que denominamos alma. Un enfermo alcohólico no deja de beber por el hecho de que, llorando, se lo pide su madre. Un enfermo alcohólico no deja de beber por el hecho de que empujado por su novia, va al Tepeyac y se lo promete a la Virgen de Guadalupe. “Qui a bu boira”, proclama un horrible refrán francés: El que ha bebido beberá. Mienten, pues las interesadas cliniquillas que prometen “curar” al alcohólico: lo único que pueden hacer es desintoxicar al enfermo, lo cual es lo más fácil del mundo. Sólo que, ayudado por sus fuerzas restablecidas, el enfermo sale luego a la calle… y por supuesto corre a beber.
Aunque no en lo personal, yo tengo una larga e incontestable experiencia de la diabólica enfermedad llamada alcoholismo. Mi libro “Hombres en Fuga” lo prueba. Mi experiencia me enseña que nadie ni nada puede lograr que el enfermo alcohólico deje de beber… con excepción: la organización de los Alcohólicos Anónimos.
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Portada del libro: "Hombres en Fuga" (Hommes en Fuite), de Carlo Coccioli (1920-2003)
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Sus miembros declaran por cierto, con una sonrisa, que es la organización mas desorganizada del mundo. A mi me consta que es la más eficaz: es tan eficaz que hace pensar en el milagro.
Se exhibe en estos días una película americana titulada “Buscando a Mr. Goodbar”: un itinerario místico al revés, una bajada a los infiernos. Durante algunos segundos, se presenta a un personaje menos que se secundario: el dueño de una discoteca. La triste heroína de la historio le ofrece de beber. El hombre, cuya profesión es vendedor de bebidas alcohólicas, sacude la cabeza y pronuncia una frase cuyo alcance es muy probable que no entienda la mayoría del público: “No, gracias: pues para mí una copa es demasiado y mil no son suficientes”. Quien se expresa en tan misteriosos términos no puede ser sino un miembro de un grupo A.A.: un alcohólico anónimo.
A.A. se rige sobre “pasos”, que son doce, sobre “tradiciones”, que también son doce, sobre “legados”, que son tres, y sobre una infinidad de aforismos, axiomas, paradojas, etcétera, que se parecen a la frase pronunciada en la citada película por el dueño de la discoteca. Es un mundo de sabiduría concreta, tolerante, sonriente, formada de buen sentido y de abandono en las manos de un Poder Superior. A éste cada quien lo llama como quiera: hay quienes lo llaman dios, pero no hay curas en A.A.; ni hay políticos, jefes, líderes. Hay únicamente enfermos alcohólicos. Sí, es una organización bastante desorganizada, pero encima de todo es una organización absurda: constituida por enfermos, no hay médicos en ella. Y no se pagan cuotas: es gratuita. ¿Cómo es posible que una “cosa” tan vaga, casi más vaga que el alma humana, pueda hacer milagros?
Yo soy un desfavorecido individuo que, creyendo en lo Invisible, jamás he tenido la suerte de ser testigo de fenómenos paranormales. Nunca he visto a un pequeño fantasma, nunca se me ha aparecido un santo o un ángel. Ni siquiera tengo sueños proféticos. Pero he asistido y sigo asistiendo a cientos, a miles de indiscutibles y exaltantes milagros.
Son los milagros de A.A.
Artículo publicado en el diario Excelsior el 02 de noviembre de 1978, "Milagros en A.A.", autor Carlo Coccioli.
Fuente: Hemeroteca privada del Museo Casa della Cultura Carlo Coccioli
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