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“Convocados por Javier Coccioli y por el gran sentimiento de amor, respeto y agradecimiento al magíster ausente: nuestro entrañable Carlo, nos hemos reunido convencidos de nuestro sentir, sentir de dolor y alegría. Esta fecha de su natalicio en 1920 y la transformación de su casa, tan especial y exótica, ubicada en Obrero Mundial 165 en Museo, algo que debe visitarse, ni se diga para la numerosa comunidad italiana. Agradecemos la presencia del embajador: Doctor Felice Scauso, del infalible Giovanni Capirossi y demás miembros de la Dante Alighieri y todos cuantos tenemos un grato y amoroso recuerdo celebrado ausente.
La ausencia, siempre lo ha sido, un sentimiento donde algo nuestro lo hemos perdido y tan faltante, no nos permite vivir como cuando su presencia y palabra , estaba con nosotros y era nuestra, y nos llenaba de todo aquello no fácil de explicar.
¿Y realmente quién era Carlo? No dice mucho de eso de que célebre italiano, toscano y livornés, quién llenaba el Excelsior o la revista Siempre, el autor de más de 34 importantes libros, con aquel su alto mensaje de refinado contenido espiritual. O más simplemente aún, un personaje exótico quien alimentaba lo mismo pájaros que ratones, hormigas y tenía hacia todo esto viviente y que sufre, un sentimiento que mucho le incomodaba el alma y la vida.
No es fácil entender o explicar a Carlo. Con nadie era tan severo como lo era con él mismo. De todo cuanto tenía, la mínima, la insignificante parte era para el. A todas luces era un enviado de otra muy alta y refinada dimensión. Carlo no se hizo o preparó en la tierra. Así nació, pues en una familia donde, él lo asegura, no había escritores, la de escritor era su vocación del alma.
En Carlo destacaba eso que nombran amor a todo y transferencia. Veía almas donde los demás nada vemos. Podía charlar, comunicarse con los árboles, con hebras de hierba, con la diminuta araña, con sus amados perros, con quienes lograba un vínculo que ni precisaba de palabras o sonidos.
La mente de Carlo pululaba esa dura frecuencia que nombran genialidad. Frecuentemente lo decía: “ El talento es fácil, la genialidad es tan dura y pesada que tu voluntad se encuentra sometida, esclavizada a esa posesión que nombraba el djín.”
Él quería y necesitaba dormir, pero el djín no tenía sueño y no te permitía pegar los ojos: “Levántate y ponte a leer”, “¡Pero si otra cosa no he cometido durante todo el fregado día!”. “No importa, al menos pinta”. Y allí estaba Carlo con aquella infinita y pesada tarea literaria pictórica.
Sufría de un solo defecto, mismo que le concedió una vida bastante incómoda: todo lo tomaba muy en serio. Mucho escribía y hablaba acerca de Dios, el dolor de los inocentes, del concepto del mal, de la impermanencia, de las presencias seráficas, de sus destierros, del amor a México, de esa envidia que el tenía hacia el sentimiento tan nuestro, y que nos permite creer como a él nunca le fue posible, creer tan dócil y fácilmente.
Carlo decía de este, su servidor, que soy un poco cocciolador; poco después aseguraba que cocciolaba más y mejor que él. Así era la nobleza del magíster. Calificaba a mi literatura como jadeante y desapendejante. Así era el gran magíster: ¡único!.
¿Y realmente cuál era la grandeza de Carlo? Son varias las respuestas. Ponía interesante el vuelo de la mosca, la caída de las hojas, lo que hacían las casi invisibles hormigas, esto y aquello, era lo propio de su magistral pluma. Recuerdan aquel relato donde durante la guerra se encontró a boca de jarro con un alemán, quién salía de un tendajón con su ametralladora y un finocchione de varios kilos, evidentemente robado. “ Y, ¿o él o yo? Disparé primero y por supuesto le arrebate al moribundo, o ya cadáver, el ansiado y valioso salame. Y mucho lo siento pero aquella hambre nos estaba matando. Nosotros comimos y seguramente los gusanos también”.
Otro de sus grandes logros: su palabra, el contenido, estaba impregnado de un alto sentimiento espiritual. No vacíos, no faltantes, nunca comulgó con la mentira. Para el magíster decir no lo sé, no represento tropiezo alguno ¡nunca! El no saber era posible para esa su enorme y dilatada sabiduría.
¿Recuerdan el sufrido y agitante tema de la vivisección?
“All we need is LAV” o Liga Antivivisección Italiana. Con que fuerza y pasión Carlo se oponía a tal tortura. “El Karma que estos infelices tan malévolamente están tejiendo, lo tendrán que pagar”.
¿Qué le queda al hombre de todo su agitado jadeo terrestre? Sólo la tierra permanece.
“Y todo mundo paseando en la semana santa sacando al sol sus cueros y demás asoleadas miserias. Y yo aquí enclaustrado en este mi reducto mundano, con el noble y fiel Javier, con mis perros, con estos mis libros, mis dudas, perplejidades…”
Citas del judaísmo, del hinduismo, de las suras del Corán, del refinado budismo o del ultra: el jainismo, templo que dominicalmente visitaba y el deleite para el más refinado de nuestros sentidos, (el oído) que salmodia: Hare Krishna, Hare Rama…coro interminable y de alcances infinitos; o la voz de aquella creación: Wom, pululaban sus escritos.
¿Y que hacía el magíster con lo concerniente a nuestro folclor? Una de sus versiones cuando la gente no encontraba el libro: ¿Por qué yo soy yo? O Tutta la Verita. “Me gusta quebrar platos y no invité a escritores ni a notables de la pluma, invité a Lomelí y a Eugenio y demás”. Solo su servidor leyó el documento y lo presento. No lo dije aunque bien lo sabía, quién era Abrahmson, el entrevistador, pues era Carlo mismo. En las librerías dicen a quienes lo buscan: ¡No hay! “Ya basta de navegar con tan vil bandera: ¡Si hay!”.
Un gran escritor es aquel quien con su obra pretende y logra, dejar mejor este mundo de cómo lo encontró a su llegada. Por donde más viajaba su pensamiento y palabra: sobre la conciencia profunda de todos nosotros. Para la comunidad italiana y para muchísimos mexicanos era un platillo indispensable, al menos dos veces al día hebdomadariamente.
¿Y que pasó con el Águila Azteca que tanto mereció y nunca recibió? Lo publicado en Europa: Yo Cuauhtémoc, Rojo de Vida, Negro de Muerte. La obra de Yañez y demás no fueron suficientes. Para esta, -él la llamaría- parranda de cabrones y envidiosos no fue suficiente. Aquí se hace como siempre se ha hecho: y como debe de ser: “Que Dios los perdone”.
Un detalle destacado e importante; el intimismo coccioliano. De poderla redactar, acerca de esta celebración, habría dicho algo como esto:
“Cuan grande el denso aire fiestero de ustedes los mexicanos, aunque mis paisanos aquí reunidos, no se quedan muy atrás. Somos países eminentemente celebradores. Se exalta hasta quien, como su servidor, quisiera la destrucción masiva de todos los calendarios del globo. No creo exista un ramo de flores más hermoso, más majestuoso, más esplendoroso, más oloroso que el que me trajo personalmente Pablo G. Lascuráin, joven viejo amigo. Ni existe botella como la que, pese a su ingente peso, me trajo entre sus propios brazos la bella rubia Lauretta Belsasso. El maestro Edmundo Aquino acompañado de su sonriente esposa, llegó con un cuadro de grillos o son pajaritos quizá volando. Nannete Semenow con su hermoso presente. Itta y Javier, eminentes protectores de animales nunca faltaron. En cuanto a canastas de fruta, no hay tan ricas como las que han llenado esta casa de excitadas abejas glotonas. Como las de Giovanni Capirossi y de muchas cosas más. Belleza, aromas, exquisitez, apoteosis de colores. Elena Basurto con una bata muy especial. Nora Barabino me favoreció con un plato de gnocchi italianos que comeré a las tres de la madrugada, para que nadie se atreva compartirlos conmigo ¡adoro los gnocchi! Para ustedes tengo algo más: Los extraño demasiado”.
“Sin embargo ahora me asalta una seria duda, nunca me abandonan. ¿Realmente yo no estoy, o son ustedes los faltantes? Mina mi madre, y los perros han llenado mi vida de amor. Cuando dejé mi cuerpo me estaban esperando. Terminó la espera; ahora estoy aguardándolos, espera por cierto paciente, algo inusitado en mi, de Javier y a todos cuantos tenemos que encontrarnos en el Paraíso o Nirvana”.
Carlo, seguramente te será posible escucharnos y atendernos. Estamos felices y conmovidos celebrándote. En tu nombre nos hemos reunido, abrazados y agitamos convencidos la llama de tu intensa presencia. Queremos como era tu deseo , que tu obra trascienda. Javier tu hijo, se ha hecho cargo de que así suceda.
Y como lo proclama el corazón de los presentes: Carlo ¡que de Dios goces!”
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