Carlo, Proseguimos Coccioleando.
                                      Dr. Eugenio Medina                                        
   

 

Tumba de Carlo Coccioli, en Puebla.

CARLO, PROSEGUIMOS COCCIOLEANDO

 

Dr. Eugenio Medina Ramírez.

5-agosto 08

Con el debido respeto para el magíster Carlo…

 

Han pasado cinco fugaces años desde la pérdida de mi ya fatigado cuerpo, y el tiempo no deja de volar. Nunca dejó de parecerme terrible un mundo, al parecer de manufactura divina, donde existiera la bipolaridad: positivo o negativo, reír o llorar, presente o ausente, contento o infeliz, vivo o atarantado. Bipolaridad que todos y todo lo tiene. Pues aquí, habiendo de todo, tenemos más que abundante material para sufrirlo y contar tales penas, en una queja que bien pudiera consumir toda la vida. Ya ven este mi severo fregón djinn, mismo quien siempre me sometió cual si fuera su esclavo. Nunca dejé de serlo. Ordenaba perentorio: ¡Despierta! ¡levántate! ¡ponte a pintar! Llama y habla con perengano y pregúntale eso tonto  o interesante; seguramente aquel también insomne como tú,  tendrá paciencia y te escuchará, que otra cosa no necesitas.

Nunca bailé, nunca canté. Todo era leer, pensar, trabajar, ahorrar,  meditar, buscar a Dios y todo ello siempre genera tormento y sufrimiento. Hoy vienen todos ustedes, los entrañables, a recordarme. Falta Yolanda quien el día 28 de julio dejó su aún joven cuerpo. ¡Cuánto lo siento! Pero en el  mundo Tierra, ¿o será acuario? Todo tiene sus dos lados: el bueno y el malo. Venturosamente ni Yolanda ni yo  podemos proseguir revolcándonos en ninguna de aquellas las mundanas miserias.

No es fácil aceptar la  secuencia de la vida: nacer, jugar, estudiar, tomarse en serio, perder como lo cita el budismo, amar, desengañarse. Luego eso bárbaro y duro de envejecer y por si algo faltará, morir; pero ese mundo tan terrible sin la muerte sería el peor de los infiernos. Todo eso ero lo cotidiano en mi terrenal existencia.

¿Qué es la vida? ¿Tener cuerpo, tener hambre, sufrir con la sed tener necesidades como todos las tenemos de comer, de evacuar, de asearnos? ¿Y luego quieren eso como eterno? Pobres de ustedes. Para empezar nunca aclaré lo que somos. Dice el judaísmo que somos barro y tierra. Dice la ciencia que somos agua y ahora digo yo que somos gases: Al ser nuestro cuerpo agua en 70%, tal líquido a su vez son dos gases: oxígeno e hidrógeno; el carbono, parte indispensable de todo lo viviente, es otro gas, el nitrógeno ni se diga. Somos gases, nunca lo habíamos pensado. Al vernos en esta envoltura de piel, bien sostenidos por estos blandengues huesos pensamos en que somos fuertes, duros, resistentes y hasta sólidos, lo cual es falso. Parte  del engañarnos, maya, para anclarnos al mundo. Somos increíblemente lábiles. La vida pende de un frágil y delicado hilo que se rompe hasta con el más leve soplo. Por ello cualquiera puede morir, el requisito para morir es el de encontrarse vivo, es el indispensable.

Pero como todo lo que nace de célula eucariota debe morir. El tiempo se encarga de agotar la célula hasta que le es imposible proseguir reproduciéndose y viviendo. Eso del tiempo, medido en años, no explica mucho pues con la medicina, dieta y ejercicio la vida se estira y no deja de hacerlo. Yo logré vivir  83 años. Pero medido con precisión y en días, viví: 30410 días. Morí un martes de agosto 5 del 2003  después de las 7 de la mañana  con esta frase suplicante en mi boca: “Que se haga la voluntad de Dios.”

Lo que sucede es que no dejamos de perder y perder células. Con los años, unas cuantas sobrevivientes que no pueden reproducirse, son las que nos dan la feucha y lamentable apariencia que tenemos. Sería mejor decir, no el número de años que haz vivido, sino cuántas células aún contiene ese tu cuerpo.

Nunca acepté que muriéndose pasaras a juicio, sin importar el tiempo en espera para juzgarte, pues al morir cierras los ojos y para la resurrección los abres, y todo es un inmediato cerrar y abrir, pues el tiempo, para  quienes dejan su cuerpo, deja de correr. Pensar en que existe un tribunal y juez capaz de escuchar la misma fregada y miserable historia donde se relatan toda esta cauda de miserias y oscuras obras, me parece intolerable y sobre todo completamente  inútil. Ninguna santo tendría la paciencia para soportar aquello infinito, la machacosa y reiterada versión del mismo infame y fregado relato.

Pero considero prudente que ustedes se hagan, cuando el tiempo lo permita, algunas interesantes e inquietantes preguntas.

 

¿Cómo podrían justificar su existencia?

¿Qué andan haciendo acá, vinieron a edificar, a ayudar o sólo a pagar viejas cuentas?

¿Qué en grandeza tienen a su alcance y no lo alcanzan ni la rozan ni saludan?

¿ A quién culpan de todo lo terrible que les sucede?

¿Han pensado que ustedes tan sólo el fruto de lo que procuraron ser?

 

Teniendo ¡todos! fecha de caducidad, como la tenemos. ¿Podrían, algún día, como cuando los que se jubilan  decir? Ya terminé mi obra y me encuentro ligero de equipaje para partir y abandonar todo esto.

Dos sentimientos nos anclan fuertemente a este mundo: el amor y las posesiones. El dinero lo que más da, son ciertas comodidades y eso feucho que nombran prestaciones. Y como todo aquí se vende, logran comprar o adquirir cuanto deseen, o lo que su tacañería les permita. Lo único que no se vende en este gran mercado es el amor. El sexo, ése hasta cotiza en bolsa, pero el amor no puede hacerlo.

Lo mejor de lo mejor que dispone este duro mundo es el amor. Sobre la barca del amor se puede navegar de la mejor manera por todos estos mares y tempestades. Nada abastece mejor la mente y el cuerpo que el sentimiento. Cuando derrama, todo cuanto toca   roza cualquier cosa la mejora. Mejora la casa, el compañero, los dineros, los hijos, las plantas y hasta los perros. Titina ya murió. Miguelito, ya chimuelo hermoso y bravo, todavía anda con mi fiel y amado hijo Javier.

Es, después de a mi madre Mina y Javier y de lo relatado en una de mis tantas biografías como lo fue: Fabricio lupo, a los perros a quienes entregué todo cuanto en amor había en mi alma y corazón. Y ustedes ¿qué hacen acerca del grandioso y maravilloso sentimiento? ¿Le lloran o ya ni eso por su ausencia?  ¿Han intentado buscarlo, encontrarlo, conseguirlo y vivir con él? ¿Ya no tienen interés ni credibilidad en el amor? ¿Tan fregada se encuentra su vida? Si nada tienen, tomen un perro, es el único amor comprado verdadero. No sabe mentir,  fingir ni traicionar. Pocos animales con tal nobleza.

Una vida sin amor es la peor de las enfermedades y desgracias.

No resulta fácil aceptar la muerte ni que se ha perdido, desde el cuerpo hasta todo lo demás, que nos permitía manifestarnos en ese pesado mundo donde éramos gas. Ya acepté que todo incesantemente cambia y la muerte es uno de los cambios mayores. No tengo autorización para decirles lo que hay acá. Deben esperar y verlo  ustedes mismos. No tengan miedo. Ni lo puedo explicar ni lograrán entenderlo. El proceso de encontrarte bruscamente en el llamado cuerpo astral, modifica radicalmente demasiadas cosas: la distancia, el tiempo, el burdo peso, el ascenso el descenso, la materia, el agua, el aire ¡todo!

Necesitan otros ojos, otro oído, otra sensibilidad para verlo, para escucharlo, para captarlo y sentirlo pues todo es diferente. No desesperen, todo a su tiempo. Por favor no olviden la compasión.

Y ustedes ¿qué tienen para contar? Javier, la señora María Elena Basurto la esposa del Dr. Eugenio Medina, quien, ojalá y prosiga cocioleando, ya lo hacía mejor que yo. Los extraño a todos: Arturo y Lila, a Giovanni Capirossi, a Conchita, Laura Giordani, Nanette Semonow, Ita Osorno, Francisco y Javier Todd, Janina Hidalgo y los demás que han venido a recordar y permítanme decirlo: ¡a celebrarme!

No me he ido, simplemente les llevo una corta delantera. Nadie se va ni nadie se queda. Esto es un samsara, un ir y venir o un bajar y subir, un columpio donde lo mismo asciendes que desciendes. Nadie yace abajo ni nadie es sobre los demás, nadie es ni puede dejar de ser. Tales suposiciones son propias de aquel nivel, lugar donde no existen las precisiones ni las certezas. Asombroso que ni siquiera la hora es para todos, tienen doce usos horarios. Bueno, girando como lo hacen, inclinados por la luna y con tantas corrientes de aire y de agua no puede ser de otro modo.   

Todos ustedes, presentes y ausentes me ayudaron a vivir y a darme el amor y compasión que a todos nos falta y tanto necesitamos. Les agradezco todo cuanto me dieron.

Extraño, no puedo negarlo, a Javier, la casa, la dacha, el refugio franciscano, la casa de los Hare Krishna y extraño el amor que ¡tanto y tanto! todos ustedes, gentil y amablemente me prodigaron. No es fácil dejarlo todo y olvidarlos, nunca sucederá.

Una parte mía se ha quedado allá. Es mucho más lo que dejamos que lo que logramos traernos. Cargamos, eso sí, con la cuenta de nuestras obras.

 Cada uno de nosotros, otra cosa no somos que un poco de gas de una gigantesca nube cósmica. Nadie es otro ni diferente ni mayor o menor. Todos somos de la misma génesis, la misma procedencia, el mismo camino y el mismo destino. Al parecer este giro universal no tiene fin. Decir que allá con ustedes no se tiene nada, es una mentira. Pueden tener amor, compasión y hasta felicidad. Inténtelo, búsquenlo, gócenlo y den amoroso ejemplo  haciéndolo vivir, palpitar y gozar. No hay nada mejor ni superior para todos ustedes en la tierra. Que su vida tenga y gire dichosa y vertiginosa sobre tal maravilla.

Se me acaba el espacio y como ha mucho no teníamos una charla de estos tan altos vuelos, paso a despedirme: Prendiamo congedo. Pásenla muy bien y enseguida pasen a celebrar en la nueva casa de Javier como lo hacemos hoy en mi, ahora museo, o cuando al retornar, ya bien entrada la noche, de la solemne Dante Alighieri donde tan intensa y cordialmente escuchaban mi palabra. Ciao.