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Todas las obras son camino. Te encuentras precisamente donde yaces, ya que tus acciones o inacciones allí precisamente te condujeron. La queja mayor en este país otrora tan pintoresco, folclórico y feliz, crece y crece pues lo ha perdido casi todo. El lamento es por la miseria y la inseguridad. A mayor hambre mayor hacer delictivo y más gritería y discusión no sólo social sino en casa, acerca de los muchos faltantes. Lo que ahora se publica en los diarios. Las infames tarjetas, que muchos las han, no sólo rasguñado sino hasta sangrado, pues a eso los empujó su hambre y sus muchas necesidades.
Por supuesto que nadie se pregunta del por qué somos tan pobres, no se hace ante la gente pues si te responden que por pendejo, otra no será tu condición y nada duele ni lastima tanto como la verdad.
Varios pleonasmos ahogan o ahogaban estos simpáticos ambientes: súbanle pa’ rriba, bájenle… Pobre pen… y vieja pen. A nuestra realidad ni la saludamos pero ella siempre vive con nosotros y nos molesta cotidianamente, hasta cuando insomnes nos encontramos sobre la almohada.
La pobreza, primero que nada es mental. ¿Cuántas horas pasa usted frente al televisor, cuánto tiempo usted y sus hijos se aturden ante cualquier pantalla? ¿Cuántos lúcidamente aprovechan los lentos viajes en auto para algo leer? Vea el tiempo consumido aturdiéndose con la música.
Si pudiéramos preguntarle a Max Weber del por qué somos pobres, nos diría que por ser católicos y agregaría: no sólo lo son sino que proseguirán así por cuando menos otros mil años.
Por supuesto que en estos corrompidos y miserables ambientes todo lo han robado, la fe bien incluida. Y por ello la gente tan ajena a la verdad, al respeto, al valor de la palabra, a la buena y sólida preparación no ve ni atisba sobre soluciones, caminos y salidas.
El camino a la riqueza bien podría ser el trabajo, pues fíjese que no, acá todos trabajan y todos lucen garrosos, fregados, barrigones, fatigados, fastidiados, irritables, agresivos y por supuesto bien quebrados. Vea cuánto portan en sus enteleridos bolsillos, cuánto deben a las tarjetas, deben de renta, de colegiaturas y de y de… Y además ¿qué a usted no le duele?: la cabeza, el cuello, la espalda, la cintura, las piernas… Todas esas molestias mucho pueden mejorar con el ejercicio.
Fácilmente podemos resolver el problema monetario. El camino: apague el televisor, reconozca su fatal indolencia a la lectura y al estudio y póngase a estudiar para aprender una buena tarea y ser altamente competente en la misma. Por cierto, ¿en qué usted es altamente competente?: ¿levantador de trago, apurador de heladas caguamas, adicto a las patadas, a la mentira, a la simulación, devoto festero, gorrón para toda y todas las fiestas, primero para la holganza, la hipocresía, la envidia? ¿Para qué necesita más glorias?
Los japoneses, los alemanes son los mejores ejemplos mundiales de preparación, trabajo y riqueza. Los chinos son una condición aparte, donde lo que abunda es la mala paga y el muy duro trabajo y además en muy rudas condiciones.
Nosotros no somos pobres ni infelices, ni deprimidos ni desesperanzados por culpa de gobierno alguno. Lo somos porque todo cuanto hacemos a eso directamente nos conduce.
Quebró la economía norteamericana y la Británica la secunda. Sus efectos a todos nos alcanzarán. Gastar más de lo que se gana es el más fácil de los haceres y, lo que, por supuesto, todos hacen convencidos. Lo hicieron allá y acá no dejamos de imitarlos. Lo que hace el chango lo hace la changa y todo el peludo zoológico. Somos una especie que aprende imitando. Siempre así ha sucedido. Si nadie lee ni estudia y todos ven tele y se diluyen en tonterías y frivolidades ¿por cuál razón usted no hará lo mismo?
El camino no pretende únicamente resolver sus miserias económicas, sino darle paso a la felicidad, nada tan pleno y grandioso. Y mire usted que la economía al norte con tantos y tantos tan cresamente ricos, ya comprobó, ad náusea, que la riqueza no produce ni mucha ni poca felicidad. Es muy raquítica la relación dinero felicidad. Si así sucediera, la casa de bolsa sería la puerta de acceso a la felicidad y ni lo es ni lo podrá ser.
Por supuesto que los tantos pobres ven a los ricos de una manera terrible, que sus miradas, si pudieran, ya los habrían matado. La delincuencia es una burda manera de hacerse justicia, la venganza de los hambrientos resentidos.
En esta vida no sólo: salud, dinero y amor. Es preciso tener cerebro y saber conseguir para dar y recibir amor. No basta con decirle, rogarle, actuarle, cantarle, suplicarle y repetirle a lo amado para que te acepte.
Los caminos que al paraíso terrenal conducen son la preparación. Y para prepararse hay que saber leer o corregir sus disfuncionalidades para la lectura. Hay que generar riqueza, pero primero nacer para ser amados. Hay que cultivar nuestro cerebro desde la misma primera hora de llegada al mundo. Hay que lograr aprender sin esfuerzo alguno y eso sólo se consigue si logran encender tu cerebro de la manera en que la mujer, charlando, se enciende y luego nada la puede apagar.
Los caminos de la alta preparación sin esfuerzo ni fatiga, la preparación para dar y recibir amor y todo el legado de felicidad que existe bajo el amor, lo puede encontrar en mis documentos al caso.
Las mejores, las nalgas felices.
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De no modificar tempranamente en casa todos estos decadentes patrones sociales y culturales, proseguiremos otro milenio en la misma condición para nosotros, nuestros hijos y bisnietos.
Si usted milagrosamente logra pagar lo que debe y abandonar la miseria monetaria, por una u otra gloriosa razón. Ha solucionado muy poco. Vea lo qué sucede con los ricos narcos, ¿quién de ellos es feliz? Si no encuentra quien lo bañe de amor, usted proseguirá siendo el ahora rico, infeliz crónico, quien siempre lo ha sido. La falta de amor siempre, siempre condiciona la infelicidad.
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