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Hay cosas bellas, cosas que de repente iluminan; uno se siente invadido de luz. A veces cosas pequeñas: una sonrisa (que no nos esperábamos) en la calle; abrir un libro azar y encontrar unas misteriosas palabras. O fijarse de súbito, en la hoja de un árbol. ¿Qué es la hoja de un árbol? Nada: y sin embargo pueden brotar de ella, así de golpe, así inesperadamente, ríos de belleza.
Uno se siente transportado. ¿A dónde? Uno no lo sabe. El prodigio dura instantes que pueden ser siglos; pero hay siglos que son incapaces de otorgar un instante de esos. A mí se me ocurre, en ocasiones, echar una insólita mirada al cielo. ¿Cuántas veces habré visto el cielo en mi vida? Millones, y sin embargo jamás lo he visto como en “ese” instante. Es un cielo distinto de todos los cielos que he visto: el arquetipo del cielo. Tal vez así lo vio Adán el día en que despertó a la luz.
Me sucede mirar un objeto de guardo aquí, sobre mi mesa de trabajo, desde hace, qué sé yo, diez o doce años. Supongamos una pequeña jarra. ¿Qué es una pequeña jarra de arcilla mexicana? Nada. Pero de repente fluye de ella una exaltante, casi insoportable, sublime, trastornadora luz. ¿Habré, sin darme cuenta, tomado alguna droga? No, yo no tomo drogas: no conozco ni siquiera el sabor de la marihuana. ¿Será una descarga, en mí, en mi cerebro, de lo que se llama endomorfina? No sé, ni, al fin y al cabo, me interesa saberlo.
Pero mientras yo siga experimentado “aquello”, estos derrames de luz, sabré que estoy vivo. ¿Y luego? Luego también estaré vivo.
En ocasiones son sonidos, pero a mi esto me sucede más raramente. Sonidos raros: una música antigua, casi absurda, como un disonante acorde japonés. O una frase musical de sutra búdica salmodiada por unos remotos, improbables bonzos. O el canto gregoriano de las monjas benedictinas de un ignorado monasterio en la orilla del río Arno, cerca de Florencia. Pétrea iglesia campesina: las monjas no se ven. ¿Serán las mismas que cuando hace más de mil años se fundó el monasterio? Probablemente no. O quizá sí, Dios sólo sabe. Qué importa. Solo importa la frase musical que de mí: me descubre a mi mismo. Quién sabe. Todo está más allá del razonamiento y de la razón.
Estas cotidianas casi humildes “iluminaciones”, ¿hay que esperarlas en silencio, sin ni siquiera pedirlas, o hay que desearlas, promoverlas? No sé. Es posible que sólo debamos abrir una puerta. O, como dijo Antonio Machado –el primer verso español que me aprendí en la vida-, “Yo abro la ventana y todo el campo/ entra en aroma y luz”.
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O de golpe percibir –un instante- el aullido (a menudo es un aullido) de la compasión hacia el dolor ajeno. Uno se vuelve otro. Uno asume el penar del otro. De todas las “iluminaciones” que, a la edad que tengo, se me otorgan, tal vez sea ésta la más frecuente. Y es como si me levitara: ya no siento el peso de pisar el suelo. Los ojos se me hacen lágrimas. Siempre, si no me hallo solo, trato de disimularlas. Si notaran lo que me está pasando, me sentiría ridículo. No es transmisible el aullido de la compasión.
Levísimo murmullo a veces. Le acaeció al Personaje bíblico que buscaba a Dios en una montaña. Se desencadenó una tempestad que transformo el cielo y tierra; pero, dice el texto, en ella no estaba Dios. Luego una llama aterradora que todo parecía quemarlo: y tampoco el Buscador encontraba en lo inmensamente tremendo, maravilloso, estruendoso. Lo que buscaba. Había perdido la esperanza cuando un mínimo murmullo que surgía desde sí mismo le llegó. Entonces supo que allí estaba Dios.
Digan “ora pro nobis” lo más que puedan. No importa a quién se lo digan: sólo díganlo. O pueden decir “ bismil-lahi” que en árabe clásico significa en nombre de Dios. O digan, si tienen preferencia por lo japonés “nembutsu” más que puedan: es una reducción de “namu amida butsu”, esto derivado de la fórmula sánscrita “namo’mitabhaya buddhaya” loa al Buda de la misericordia. Digan lo que quieran pero digan algo a Alguien que al fin y al cabo nunca sabemos quién o qué es. Lo que importa es hablarle. O digan “habito mecum”, estoy en mí mismo, como los monjes cristianos medievales. O digan “om namah shivaya”, en el nombre de Shiva. O digan “angelus dei, custos mei” Angel de Dios, mi guardián. O pronuncien la palabra “mai-tri”: benevolencia universal. O digan el árabe “dhikr” recuerdo: el recuerdo de lo que, puesto que no sabemos cómo se llame realmente, llamamos Dios.
Y entonces les llegarán las cosas que iluminan.
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