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A ver si en el presente escrito logro ser claro por lo menos tanto como la luz de esta hermosa tarde nublada. Lo digo porque lo que me propongo escribir será fatalmente difícil. He leído con heroica atención –y lo recomiendo vivamente a quienes sientan algún interés por tan importantes temas- el libro Sociedad Civil y Sociedad Religiosa publicado por la Conferencia del Episcopado Mexicano; el subtítulo es significativo y me parece a mí que fuertemente intencional: Compromiso recíproco al servicio del Hombre y bien del País. Literariamente es una fórmula poco elegante, pero se entiende, y se entiende que la llave para comprenderla mora en el adjetivo “recíproco”.
El volumen de más de 600 páginas contiene absolutamente todo lo que se refiere, en el México de ayer y en el de hoy, a las relaciones entre los dos clásicos “poderes” de la sociedad humana: el civil y el religioso. Yo que tengo un fondo de anarquismo mediterráneo sueño que desaparezcan los dos…, pero entre tanto hay que ver las realidades. Mi punto de vista personal sobre la querella no lo expondré. Lo único que me creo autorizado a decir es que, siendo la naturaleza humana lo que es, y también siendo lo que es la historia humana, le resultaría sumamente enojoso a cualquier Estado moderno hacer como si el afán religioso de la colectividad ciudadana no existiera. Además resulta que México es un país mucho más religioso –en el instinto- que muchos otros. Una doctrina del Estado (máxime la de un Estado que tienda a penetrar dondequiera) que no admitiese tales realidades sería un contrasentido. Jamás un Estado moderno podrá desentenderse eternamente de lo que por convención lingüística se llama “alma”; y es evidente que el alma tiene sus nexos con otras realidades. Por aventuras históricas que sería penoso juzgar a estas alturas de la vida, en México el alma, o sea lo religioso, se resume en la denominación de cristianismo católico apostólico romano. De alguna forma esto quiere decir Papa, Iglesia, Obispos, etcétera. Saque cualquier persona sensata las consecuencias.
Creo ser suficientemente conocido como un espíritu inquieto, y por lo tanto partidario del principio de libertad religiosa, para que nadie llegue a suponer que lo que diré tiene enlaces más o menos ocultos con posiciones clericales. Para mí el principio de la libertad religiosa debe levantarse no sólo frente al poder civil, político, sino también, y yo diría que sobre todo, ante cualquiera tendencia exclusivista que pueda haberle quedado a la Iglesia católica. Nadie tiene el monopolio de las almas, y la frase “¡fuera de la iglesia no hay salvación!” nos hace sonreír hoy día: pero durante casi dos mil años espantó al mundo occidental. Y no es justo, ¿o usted cree que lo es?, que se atemorice al hombre agitándole el hombre de Dios ante los ojos.
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Por haber dicho lo que precede me es más fácil expresar cierta perplejidad, o tal vez algo más, frente al fenómeno muy actual que ve la multiplicación de sectas protestantes en el campo mexicano. Estoy dispuesto a inclinarme con respeto ante las auténticas “conversiones” –palabra siempre entre comillas- del alma: ellas pueden ser las distintas etapas del camino de quien, por íntima vocación anda en busca de Dios. Pero –ésta es la pregunta grave- ¿expresan de veras “esas” conversiones un libre y espontáneo movimiento de las almas? ¿No nacerán más bien de una extraña y no límpida conmistión entre un afán religioso, incontestable, y las necesidades económicas, no menos imperiosas? ¿No tendrán también relaciones con cierta deserción de los católicos?
Sin contar que, especialmente en determinadas clases sociales, el pueblo mexicano es el campeón de la credulidad. Es un pueblo bueno y sensible. A veces se le cree listo, acucioso, “ladino”, y por lo contrario actúa con una perturbadora ingenuidad. No es difícil plagiarlo mentalmente (y aquí me sale natural recordar la actitud religiosa de Moctezuma ante Cortés, quien por supuesto no dejó de explotarla). El hecho es que uno no puede darse una vuelta por el campo mexicano, ni tampoco por las proletarias periferias de las grandes ciudades, sin tropezar dondequiera con pintorescos edificios consagrados a las denominaciones religiosas más increíbles: siempre en alto, ¿cómo no?, pero ¿qué no se puede hacer con el nombre de Cristo?
Entonces yo me digo y repito que la libertad religiosa es lo único digno de Dios ¿pero no se estará confundiendo, algunas veces, lo sagrado con lo demente? ¿Y quiénes proporcionarán a los ingenuos los instrumentos para distinguir entre uno y el otro?
Solo espero que este escrito de hoy le haya dejado entrever a algunos el gusanito roedor que me llevo adentro…
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