El vagón Arco-Iris
Seis anecdóticos cuentos del cotidiano mundo homosexual
       
 

El vagón arco iris

El vagón arco iris es una quimera, efímero encuentro del tiempo y el espacio que dura lo de un viaje ha la realidad; no tiene lugar fijo ni esta planeado, tampoco tiene horario ni fecha en el calendario.

Existe por si mismo, se da por la complicidad de compartir una zona de tolerancia, en la que se expresa libremente el amor y el afecto sin la distinción o el prejuicio de preferencias sexuales.

El vagón arco iris es mágico, tiene esa vibración especial que le da la ocurrencia, la simpatía, el colorido y el folklore de las alegres mariposas atraídas por el fantástico resplandor del ambiente.

Paraíso perdido que entre apretujones desenrolla a la seductora serpiente que induce a la tentación; deleite de frotamientos y del calor de cuerpos, donde la proyección de las miradas traman redes a lo que nada escapa.

Fantástico mundo lleno de mitológicos seres; todos incluidos desfilan por él, locas y jotas, mayates, chichifos y chacales, de closet y morbosas joteras, en un perfecto equilibrio de valores entendidos; mientras visitantes de otros mundos, disimulan discretos el suculento y placentero viaje.

Hipnótico y cegador lugar que narcotiza, envilece la conciencia e impide percibir los riesgos; agazapados, homofóbicos cazadores que acechan captan sus imágenes, fotografiando a cada uno de los personajes.

El vagón arco iris, son todos ellos, andróginos viajeros, libres de la cubierta ideológica que marca distinciones entre un pene o la ausencia del mismo. Mentes y espíritus libres; siempre esperando volverse a ver.

Obligado atavismo cuya recurrencia estrecha y solidifica lazos que aun cuando contrasta con los desaires de aquellos que se han roto, manifiestan unánimes la necesidad de sentirse valorados en una conjugación de afianzamiento de grupos, que trasgrediendo los límites exigen el reconocimiento de la dignidad humana.

Arco iris multicolor que para conjugar lo primario, se fusiona a partir de la hibridación de lo secundario, creando el andrógino que armoniza y equilibra el orden natural del universo.

 

 

El hombre de la basura

Finalmente el tren arribó, las miradas justipreciaban el gentío que estaba por entrar, calculando la mejor posición y tensando el cuerpo para recibir la estampida sin perder el privilegiado lugar. Se abrieron las puertas y ahí, delante de todos estaba él distinguiéndose entre la multitud por su contrastante y  singular vestimenta.

Envuelto en un sucio cobertor, con algunas cicatrices en el rostro, lucía un despeinado y sucio cabello, que excepto por la falta de gel no distaba mucho de los peinados de moda; entró como un rey, desairado  se impuso ante el glamour y tod@s le abrieron paso.

Como la aspersión del sumo de un cítrico, que difícilmente es ignorado al inundar el ambiente con su característica esencia, la incógnita invadió el vagón; las miradas por encima de los hombros ejecutaban ensayados de desplantes con muecas de fruncidas narices que expresaban inconformidad; tranquilo y pausado, ajeno al mundo, escogió el más codiciado y estratégico rincón.

Quedó junto a mi y a diferencia de las otras miradas lo observe con esmerada curiosidad, jamás se percató de mi presencia. Sus finas facciones llamaron mi atención y como si fuera a realizar una microcirugía perfilé y escudriñe su rostro: nariz fina, recta y pequeña, boca pequeña con labios rojos moderadamente carnosos y perfectamente delineados, pestañas espesas y largas, los exaltados pómulos contrastaba con su exquisita fisonomía atribuyéndole una rigidez masculina; los rayos de sol que se filtraban por sus ojos destellaban un color miel ambarino; ninguna imperfección de no ser por las cicatrices que parecían huellas de rasguños, su cabello moderadamente corto, opaco por la mugre sugería ser delgado y dócil; la transpiración por el bochornoso calor concedía tersura a su piel canela.

Mugroso y no mayor a 1.60 metros de estatura era dueño de los reflectores, opacando a la más bella, a la más diva, a la más jota; de pronto un movimiento por intentar liberar las manos que sujetaban el cobertor que lo cubría paralizo a todos, sacó una botella de plástico que por la forma de beber de ella sugería ser agua y; entonces liberó el aliento, ¡alcohol puro! En la siguiente estación, muchos gozamos de una holgada comodidad.

La atención por encubrir su atesorada botella descubrió su torso; su limpia y desalineada camisa dejo entre ver un velludo pecho y protuberantes pectorales…llegó mi turno, baje del vagón, el siguió su vida y yo reinvente su historia.

No cabe duda que la agresión es tan autentica de la naturaleza humana que se manifiesta sin el percato de su emisor, paradigma que para ofuscar la razón busca justificarse en ella prejuiciando a su victima sin reparar en los daños; de igual forma la homofóbia y la homosexualidad, complementan un vinculo de agresión-sumisión, donde la primera justifica sus agresión en la reprobación de la segunda.

En el largo construir de un orden social en el que se dice pensar en el bien común, el hombre no ha sido capaz de distinguir cuanto daño hace al anteponer sus juicios y exaltar la agresión como un valor, que en mucho obedecen a la ancestral condición de sentirse el centro de la creación.

Soberbia y enajenada postura de perfección, fomentada en nombre del amor y forjada con sangre en su breve estancia en este planeta.


Como un oasis.

Un día festivo cuando el vagón carece de magia y sus personajes se concentran en bares, sin nada atractivo a la vista, entre desagradables e impertinentes chacales alcoholizados, la vista se perdía en el simulado movimiento de los cables y tubos de la pared del túnel.

En un regreso a la realidad para verificar con urgencia la estación para desabordar, se interpusieron unos ojos de azul profundo que alivianaron el tedioso viaje.

En su clara placidez, el veteado color miel que emanaba del centro penetraba el fondo azulado, como los rayos del sol cuando se proyectan fragmentando el alba; pedazos de cielo enmarcados en los hondonados orbiculares de un rostro digno de un Miguel Ángel, que tumbaría en celos al David.

Su lacio y rubio cabello, brillaba ondulante con sugerente tersura, los suaves movimientos y el retorno a su posición original evocaba los delicados plumones de las tiernas aves.

Contrastante entre la multitud, tímido y con dificultad de lenguaje, pedía permiso para desplazarse hacia la puerta, cuanto más cerca, más penetraba en su impetuoso e insondable azul, el iris se expandió y la pupila lo cubrió todo; me absorbió en un cósmico agujero negro y entonces desplegué las alas y emprendí el vuelo.

Atrapado en la profunda obscuridad, con infructuosos intentos por volver, solo me permitía ver cómo al final de un largo túnel, gente aferrada a los tubos del vagón peleándose por llagar a la puerta. Succionado y ajeno a mi voluntad continué el místico viaje y logre, por un momento, ver su alma.

Escéptico parpadeo rompió la magia y ante la búsqueda del inútil retorno, solo vi al desconocido altruista samaritano, alejarse por el pasillo hacia las amplias escalinatas; el vagón chillo, la puerta se cerró y los rayados cristales nublaron el último intento por prolongar el subliminal orgasmo que reconfortó mi abatido espíritu.

Llegó mi turno y entre empujones ceñí la frente, tense mi rostro y descendí con la violenta nalgada del parto que rompe el tibio y placentero regazo materno, anunciando con fanfarrias ¡bienvenido al mundo!

Atrás quedo el extraño y delante la cotidiana rutina que va difuminando los sueños anteponiendo la híspida realidad de un acelerado mundo que nos ancla al denso y enajenado mundo material que empaña la volatilidad de las fantasías.

 

 Irresistible tentación.

Las ventanas aún permanecían cerradas por el nocturno torrencial que antecedió a la húmeda mañana, el calor y la humedad sofocaban el ambiente, el vapor se condensaba y escurría por las frías paredes, cada abrir y cerrar de puertas reconfortaba el interior con fresca brisa y la insistencia por arribar de los impacientes transeúnte apretujaba más el interior. El ambiente se calentaba y los ánimos se encendían, abandonados a la impotencia por moverse los cuerpos se acopaban y los rostros casi rozaban sus mejillas.

Desde el privilegiado asiento individual mi escenario solo era de la mitad ha abajo, de pronto, al recorrerse las rígidas puertas de acero laminado, vi entrar tipo tan grande, tanto, que no requería esfuerzo para sostenerse del techo.

Advertido por todos, solo una mirada se fijó insistente; expectante de la escena, observaba con detalle las reacciones, de pronto, ante el asecho de la acosante mirada, el gigante de cara dura movió los labios, sin emitir sonido y con una exagerada gesticulación sus labios dibujaron con claridad la palabra “huevos”, ante la imponente estatura, el tímido cazador bajó la vista y se perdió en el tumultuoso vagón.

Una gran sombra obscureció mi espacio y sobre el tubo que resguardaba mi cómoda butaca VIP sobresalieron dos enormes, chatos y cuadrados glúteos; ante el tráfico de la gente, el gigante giró y recargó su cadera en el tubo, en un fallido intento por acomodarse, colocó su axila sobre el rostro de su opuesto, que inmutado con modorra somnolencia cabeceaba; como queriendo sacar brillo, el bulto de la entrepierna rozaba la hebilla del cinturón de aquel impávido, estampado en aquella el fría y húmeda puerta. Al bajar la mirada, morboso me percate que bulto no era tan grande antes transgredir con mi vista las alturas.

Con el antecedente de agresivo repudio al osado admirador, por qué elegir el vagón arco iris... y fue entonces cuando fije la atención en el objeto de estudio.

Los indomables instintos reprimidos por demás emergidos, buscaban en la clandestinidad saciar el ansia de su naturaleza; pretendiendo escapar por la holgada bragueta, el impetuoso miembro, ajeno a toda voluntad, se manifestó con rígida erección intentando alcanzar al acompañante próximo que lo había inquietado. El indomable y complaciente Yo había liberado al instinto…

En consecuencia, la prejuiciosa, represora y minúscula mente del gigante ordeno al cuerpo anteponer el antebrazo con actitud amenazante sobre la garganta del cándido somnoliento que había despertado en él sus vergonzosos deseos; flácido placer, reprimido minimizo su tamaño y húmedo se oculto entre las ceñidas bragas.

Latente y oculto motivo por preferir viajar en el vagón arco iris…

Breves consuelos de homosexualidad reprimida…

Mascarada de una doble moral, oculta en una farsa postura pseudo-machista.

 

Por qué a las locas se les nota

En las horas pico matutinas, esporádicamente es posible viajar sin apretones; un día de esos, evocando la usanza de las abuelas, todos y cada uno de los pasajeros iban cómodamente replegados a las paredes y puertas, como en aquellas vitrinas donde procurando no ocultar ninguna, curiosamente acomodan su colección de muñecas.

En cada estación poca gente entraba y nadie salía, las sacudidas de cada acelerón y enfrenón contrastaban con el oscilar de su zigzagueante y rápido desplazamiento, en eso, no faltó quien diera la nota;

acostumbrado a las estrafalarias vestimentas de aquellas que sólo les falta colgarse el molcajete, la cotidiana ridiculez pasa desapercibida, cuando de repente de forma armónica se empezó a escucha un canturreo que rompió la rigidez del silencio:

-¡yú ju ju ju jú!, ¡yú ju ju ju jú!-

Su persistencia logró que todas las miradas voltearan, ahí estaba él, moreno obscuro con un crespo y marchito cabello maltratado por el rojizo tinte, luciendo entallados un pantalón de mezclilla deslavado por el uso y una chamarra blanca que dejaban ver su anoréxico cuerpo y abajo, combinando con su atuendo unos percudidos zapatos blancos, en contraste a la indumentaria, una larga y gruesa bufanda de estambre, de intenso color amarillo.

Allá iba y allá venia. A cada movimiento obligado por el tren, con pasitos cortos cual bailarina de Ballet, levantaba el brazo opuesto a la dirección que se dirigía mientras canturreaba yú ju ju ju jú.

Bastaba interpretar el silencio y las expresiones de los demás para reconocerle el grato momento de su ocurrente joyería; era tal su jubilo, que inevitablemente suavizo rígidas caras, algunos esbozaron discretas sonrisas, los ausentes con sus sonoros equipos personales retiraron sus audífonos para disfrutar del espectáculo, mientas que otros, ridiculizando su obviedad torneaban los ojos.


El efecto celular y el pseudo-estatus

Cualquier día en el que el ocio agudiza la observación afilando la tijera, me di cuenta que en ningún escaparate había visto tantos modelos de teléfonos celulares, exhibidos de forma personalizada como cuando suena uno.

Por ahí, entre el tumulto se oye la tonada de moda y enseguida, con injustificado volumen una voz chillona y afeminada que obliga a que todos se enteren de la próxima reunión, antro y hora.

Acto seguido, como diciendo yo también tengo el mió, cual fichas apiladas de domino se desató la reacción en cadena y uno a uno empezaron a sacar su celular; aquellos que no pueden gastar más crédito del que disponen o no tienen a quien llamar, solo lo miranban o juegan con el; los que pueden darse un pequeño lujo, envían mensajes; los pudientes, se ufanaban con ostentosas llamadas durante el viaje y los que iban en grupo, se intercambian tonos e imágenes.

La competencia no se hizo esperar, independientes diálogos particulares se entrelazaban con indirectas conversaciones, si uno mencionaba un antro por elección el otro replicaba con una mejor opción, en cuanto el primero advirtió a su interlocutor, la sutil discusión subió de tono hasta llegar a perrearse; cualquier cronista hubiera descrito aquella batalla campal, entre la polvareda de dos rabiosos animales que iniciaron con leves mordiscos y sin darse cuenta, mientras uno trataba de arrancar los testículos de su oponente el otro, en defensa propia se lanzaba a la yugular de su agresor.

Estar “in” implicaba poseer lo que para otros es inalcanzable a sus recursos, el despliegue de las modernas unidades de memoria reproductoras de audio, video e imagen, que con su gran capacidad de almacenaje devoraron recluyendo a una clandestina mochila o la bolsa de una chamarra los obsoletos y pasados de moda disc-man, que tímidamente asoman por los cuellos los delgados cable de sus auriculares.

Por allá, en los asientos comunales, un inquieto adolescente exploraba deseoso un aparato, con ansia apretaba los botones como queriendo consumirse en un segundo todas las funciones del software; saber más y conocerlos todos, representaba una ventaja en la selección o por lo menos distinción entre los modelo de una marca u otra; tratando de impresionar al propietario del celular, el fatuo experto comparaba y emitía juicios de calidad recitando el memorizado inventario de amigos y conocidos, los modelos de sus teléfonos y las funciones de los mismos; mientras, por el pasillo pregonaba un niño de la calle que con cierto aire amenazante, advirtiendo ser mejor que le dieran para comer (o drogarse) a verlo obligado a tener que robarles.

Alardes de poder y tener, falso estatus de la mercadotecnia con el que se pretende compensar la devaluada dignidad.

  

       


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