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Desde nuestra ciudad toscana, el bullicioso puerto de Livorno, nos fuimos a Libia a pasar allí muchas Navidades de árido sol. ¡Cuán largos eran entonces los años! Paisajes de esencia pura como los de la antigua Palestina donde naciera Jesús: solo que más vacíos, soledades geométricas. De las casas de adobe brotaban interminables las palmeras. No había pavimento en las calles: arena cálida. En la Navidad de 1928 sopló durante tres días el terrible guiblí: así se llamaba e viento del sur; y nos llenó la boca de sabor a desierto. Tercos burros e hipersensibles dromedarios hacían de nuestra vida un Nacimiento constante. En nuestros últimos años en Libia, mucho más tarde, cuando ya vivíamos en Trípoli la capital, a mi padre le dio por edificar un Nacimiento muy suntuoso: movilizó a la familia y a los sirvientes. Rodeado por sus ordenanzas, construyó un ingenioso andamio de madera. Tomó luego un papel muy fuerte, como de Manila, y lo mojó en una especie de denso atole de arcilla: colocó las hojas sobre el esqueleto. Al secarse el papel, iba apareciendo ante nuestros encantados ojos un panorama admirable: valles y collados, ríos y barrancos y contrafuertes. Este mundo de fábula esperaba fabulosos pobladores…
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No solíamos comer pavo en Navidad: es americano. Pero la Navidad toscana estaba –y sigue estando- caracterizada por los famosos “agnellotti”, pequeñas envolturas de delicada pasta conteniendo espinacas cocidas y “ricotta” o requesón. Se sirven empolvorados de nuez moscada con harta mantequilla y abundantísimo parmesano. Dondequiera que nos hallásemos aun en el fondo del Sahara, para festejar la Navidad se sacaban de los arcones la cristalería y la plata: mi padre era muy rigoroso en el ceremonial. Los blancos manteles llegaban al suelo. Los niños esperábamos con excitada impaciencia a la Befana, una mítica vieja que, cabalgando una escoba, la noche del 5 al 6 de enero entra a todos los hogares por la chimenea: llena los calcetines de dulces y trae miles de regalos (a los niños malos, carbón). En Toscana se le canta una picara cancioncita: “La Befana liscia liscia/ tutte le notti fa la piscia/ la piscia una settimana/ sporca e sudicia la Befana…”
La antigua tonadilla no se me despega de la mente en estos días.

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Después de la amada Libia hubo la estancia en Fiume, en lo más alto del mar Adriático, una limpia pequeña ciudad que hoy pertenece a Yugoslavia y se llama Rejica. Ya no soplaba el ardiente guibli, sino la helada bora, impetuoso viento del noreste. Con su estilo Mittleuropa, el paisaje olía a Budapest: ese puerto había pertenecido al Imperio hasta 1918. La mitad de la población era eslava, húngara la otra mitad. Los italianos éramos pocos, muy pocos pero muy felices. Allí no había Navidad sin nieve. Abundaban los pasteles barrocos y una opulenta salchichonería a lo Brueghel.
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Olvidados los nacimientos, por demasiados latinos, allí se alumbraban los árboles y en ocasiones se cantaban los himnos germánicos. Yo tenía dieciocho años y pensaba en el sexo y en Dios.
Luego vino la guerra.

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En plena guerra, nuestra Navidades florentinas –nos habíamos finalmente mudado a Florencia, capital de la patria de origen –fueron marcadas por el hambre y el frío, pero desbordaban amor. Mi padre prisionero en India, y mi hermano Alberto habiéndose quedado en Fiume, donde tenía una novia, sólo éramos cinco en la casa de la colina de Arcetri: Mina mi madre, mi hermano Nando, mi hermana Marisa, el perro Jack y yo. La casa era inmensa, imposible calentarla. Cualquier comida era un mito: nada de aceite, nada de carne, nada de papas, nada de azúcar, nada de nada. Nos acostábamos a las seis de la tarde, en invierno, para no morir congelados; y leíamos, leíamos y leíamos. Acabábamos bibliotecas enteras. El día de Navidad de 1942, Mina sacó de los pesados muebles la cristalería y la plata: adornó con ellas el comedor magnífico de la planta baja, donde nunca entrábamos. Comimos atole de sorgo y unas cuantas exquisitas papas. Y quizá fue por nuestra íntima soledad amorosa, pero jamás habíamos estado tan felices, jamás.
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En la Navidad de 1944 me vi enredado en la ofensiva alemana que sacudió las montañas de Lucca cargadas de nieve, mientras los angloamericanos trazaban en el cielo nocturno luminosos “Merry Xmas” de mucho colorido e igual ingenuidad. Miembro del Psychological Warfare Branch, yo formaba parte del Octavo Ejército británico, donde entre un combate y un bombardeo tragábamos tazas de té por millones; pero relataré en otra ocasión esta aventura. Ahora quiero mencionar la más antigua Navidad de la que tenga recuerdo: vago y blando recuerdo cual fantasma gentil. Fue la Navidad de 1921 en que nació mi hermano Alberto: yo había bajado a este mundo el año precedente en mayo. ¿Será posible tal presencia en mi memoria de ese día lejanísimo? Tengo aquí adentro la vaporosa imagen del ajetreo de la casa; bajo un objeto dorado (¿un espejo?) sigo viendo una luz. Era la casa de mi abuela materna en Livorno: allí vivieron mis jóvenes padres antes de la larga estancia africana, allí nací yo, nació Alberto… Esa confusa Navidad de ensueño, los expertos de la mente humana aseguran que me malhirió: al nacer mi segundogénico, yo me transformé, dicen ellos, en un rey destronado. Pero Alberto ya se ha ido y yo no dejo de sentirme en el destierro. Toda mi vida un destierro: el alma en otra parte, siempre, siempre. Sólo espero que en algún momento cunado Dios lo quiera, no antes, podré volver a mi reino: un paraíso azul y eterna Navidad. Reino ricamente poblado: alli encontraré a mis padres muertos, a mis amigos muertos, a mis perros muertos, a mis plantas muertas.Allí vivos todos: con mucha cristalería, mucha plata, en una incesante Navidad de amor.
Articulo publicado en el Diario Excélsior el 24 de diciembre de 1979.
Fuente: Hemeroteca del Museo Casa della Cultura Carlo Coccioli.
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