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Siendo éste el primer artículo del año nuevo, me preocupo más que nunca acerca de las palabras que voy a poner en él. Siendo cristiana, magnifica o mediocremente que sea, la mayoría de la gente que me rodea, transcribiré primero oración máxima del Padre Nuestro. En mi infancia me enseñaron el sagrado texto en italiano; más tarde lo aprendí en latín y en francés; aquí lo pondré en el texto mexicano que se me hace más común y corriente. Sé, por ejemplo, que en España lo hispanizan un poco. En la parte final añadiré una frase, ¡gran atrevimiento de mi parte!, qué no existe en el texto canónico de la gran oración.
“Padre nuestro que están en los cielos, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en el cielo como en la tierra. Danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Socorre con tu compasión a todos los seres vivientes y sufrientes, animales y plantas. No nos dejes caer en la tentación y líbranos de todo mal. Amén”.
La frase en cursivas es una añadidura mía. No pretendo con esto mejorar lo que en los tiempos de Jesús era sin duda inmejorable, pero dos mil años de historia humana han cambiado nuestra sensibilidad común. Que se me perdone pues por la osadía.
Quiero añadir en este columpio de primeros del año un texto búdico que puede verse también como una oración. Buda, como se sabe, vivió unos seiscientos años antes de Jesús. Este texto se llama Mettasutta que en lengua pali significa: capitulo de la Benevolencia, o del Amor Universal. Lo extraigo del libro La enseñanza de Buda según los textos más antiguos, del reverendo Walpola Rahula (publicado en francés por la casa Editions du Seuil en 1978). Ya publiqué en español este fundamental texto del budismo en mi libro Buda y su glorioso mundo, aquí las Ediciones Lectorum. México 1998.
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Este “discurso” de Buda, tomado textualmente, hasta con sus arcaicas torpezas, es una de la cima del budismo. Así como lo escribo en la página 151 de mi libro citado “quisiera que alguien me dijera cuál religión, en el planeta Tierra, ha sido alguna vez capaz de expresar una misericordia tan alta y tan universal”. En su mejor traducción al español que me ha sido posible realizar, aquí les va pues el texto en español de una oración escrita unos seis siglos antes del Padre Nuestro y creo que no indigno de éste.
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EL AMOR UNIVERSAL.
“He aquí lo que debe ser realizado por quien es sabio, busca el bien y ha obtenido la Paz”.
“Que sea aplicado, recto, perfectamente recto, dócil, dulce, humilde, contento, fácilmente satisfecho; que no se deje hundir por los quehaceres mundanos; que sea sabio, sin orgullo, y no se apegue a las familias”
“Que no se haga nada que sea mezquino y que los sabios puedan reprobar”.
“Que sean felices todos los seres”.
“Que estén en el gozo y en la seguridad”.
“Todo lo viviente, débil o fuerte, largo, grande o mediano, corto o pequeño, visible o invisible, cercano o lejano, nacido o por nacer, que todos estos seres sean felices”.
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“Que nadie decepcione a otro ni desprecie a otro ser por poco que éste sea; que nadie, por cólera u odio, desee el mal a otro”.
“Así como una madre vigila y protege a su único hijo a riesgo de su vida, así con espíritu sin limites se debe querer bien a toda cosa viviente, amar el mundo en su totalidad, por encima, por debajo y por todo su derredor, sin limitación, con una bondad benévola e infinita”.
“Estando de pie o caminando, estando sentado o acostado, mientras se éste despierto se debe cultivar este pensamiento. Esto es llamado la suprema manera de vivir”.
“Abandonando los puntos de vista falsos, teniendo la visión interior profunda, virtuoso, libre de apetitos de los sentidos, quien se ha perfeccionado no conocerá ya el re-nacimiento”.
Estos dos textos, el cristiano y el búdico, son mi homenaje más amoroso a los seres humanos que me leen en este espacio desde hace tantos años, tantos que ya no sé cuántos. El segundo texto, el budista, será para un lector occidental infinitamente más difícil a ser entendido que nuestro familiar Padre Nuestro. Pero se verá que ellos no se oponen; en cierta medida son una continuidad. El texto búdico no habla de Dios porque Buda y el budismo mantienen sobre Lo que nosotros llamamos Dios un silencio respetuoso. “Dios” forma parte por excelencia de las llamadas “preguntas sin respuestas”; lo que nosotros, por mucho que pensemos, no lograremos entender.
¡Que tengan un año de paz, ustedes que me han leído!
Artículo publicado en el Diario Excélsio el 2 de enero de 2002.
Fuente: Hemeroteca del Museo Casa della Cultura Carlo Coccioli.
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