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Inevitablemente, dos veces por semana, me siento (el martes y el viernes) ante mi vieja máquina de escribir con por lo menos cinco bosquejos de artículo en la cabeza; pero inevitablemente, cuando mis dos dedos índices empiezan a tocar las teclas, el famoso Djinn o quién sabe quién me obliga a hablar de otras cosas. Veamos lo que me va a salir hoy.
Luego de haber pasado una noche feliz, si bien fuertemente agitada por la presencia en mi cama de dos canes, cada uno con su personalidad propia y su particular manera de concebir el descanso nocturno, al levantarme hago un breve inventario de las pequeñas enfermedades que me aquejan: catarro, gripa, tos, dolor de garganta, nariz tapada y los demás menudos achaques que son privilegio común de los capitalinos. Por suerte no tengo reumas ni otras dolencias propias de cierta edad; y tampoco tendré en cuenta, en el presente autorretrato, lo que concierne al corazón, pues me sostiene la certeza de que los doctores Césarman me empujarán hasta el año 2010. Estornudando, tosiendo, gimiendo porque Titina me agarró los anteojos y corre con ellos por la recámara perseguida por el rugiente Miguelito, voy al baño donde i me da la gana me baño y si no me da la gana no lo hago; al fin y al cabo, siendo europeo, puedo permitirme brincar cinco o seis días sin que la Tierra deje de dar vueltas alrededor del Sol. Como dicen los sabios franceses, bañarse consume la piel y la priva de sus defensas.
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Durante los muchos años en que, en el lindo pueblo de Vaucresson en la banlieue de París, me hospedaba yo en la casa de mi amigo el marqués Patrice Monthiers de Corberon, que en paz descanse, cuando él me veía salir de su baño visiblemente muy bañadito emitía un angustiado gemido: “Tú t’uses, Carlò, tu t’uses!”: ¡te “usas” demasiado, Carlo, con el agua caliente y el jabón que gastas por toneladas! Un francés de casta desconfía naturalmente del que se baña demasiado. Pero el querido Patrice hablaba no por desconfianza sino por cariño.
En una sociedad que (en determinados niveles sociales) traga y traga y traga pese a la hambruna subyacente y yo me veo adelgazar porque en concreto he llegado a no comer casi nada. Carnes no como por eso del vegetarianismo. Un médico italiano me obligó hace cosa de un año a romper mi santa regla de engullir (pues me hallaba anémico) cien gramos de carne de res por semana: le obedecí durante unos meses, con cierto asco moral hacia mí mismo, y finalmente volví a las antiguas castidades.
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Los huevos me dan repugnancia a partir del día en que nací (sobre todo por esa cosilla como moco que junta la yema con las claras), de la leche no aguanto ni el olor; el queso sí lo como pero hay que ver cuál queso. La pérfida Naturaleza me ha hecho infinitamente selectivo. ¿De qué me sustento pues?, yo mismo me lo pregunto. Arroz, frijoles, un poco de pasta más o menos a la italiana; y en cuanto al reino de las verduras, confieso que cada día más me da flojera ingerirlas. Unas cuantas espinacas, esto sí. Hay que añadir que en las últimas fechas se me hace difícil comer hasta lo poco que como pues mis ardorosos animales –a los que doy sin embargo de comer hasta tres veces diarias –me agarran al vuelo el bocón que flojamente llevo a mi boca. Es un espectáculo interesante.
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En fin: desnutrido, anémico, controlado por canes, aplastado bajo la dolorosa conciencia de los poco y mal que comen ochenta por ciento de los mexicanos …y sin embargo –pese a mis quejumbres –feliz. Pues sí: ¡feliz! Lo tengo todo: entusiasmo, amistades, mis libros, las cartas que recibo, y hasta una amable señora Guajardo que por fin vino a visitarme y me dijo (esto sucedió ayer por la tarde): “¿Sabe usted, don Carlos, que en eso del intimismo ya son numerosos los que le imitan o hasta le plagian en nuestro México?” “¿Cómo no podría saberlo, señora, si de ven en cuando ojeo los artículos de mis ilustres colegas? Cuando vine a México y, a mi manera, empecé a escribir en la prensa, había lectores que llegaban a arrancarse el pelo ante el escandaloso grado confesorio (acépteseme ese adjetivo) de mi modesta obra periodística; y los colegas o pretendidos tales me hacían cara de fuchi.

Hasta se publicó contra mí un articulo muy bien hecho, y severamente condenatorio, en la revista Tiempo. Pero yo no le hice caso a nadie y henos aquí tutti contenti…
Bien: ¿y las uñas de gato? Simple: tomo dos ampolletas de polvo de uña de gato, de cien miligramos, cada día. Así contribuyo al progreso de Perú y quizá (sólo quizá) a mi buen humor “malgré tout”: pese a todo. Y miren que el “pese a todo” en el México actual es mucho.
Artículo publicado en el Diario Excélsior el 15 de enero de 1997.
Fuente: Hemeroteca del Museo Casa Carlo Coccioli
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