Lecturas Para Niños

Carlo Coccioli (1920-2003)

 

 "...al lado de la incansable, despreciable crueldad “privada”,

triunfa cada día la crueldad “pública” u “oficial”..."

       

Después de publicarse en este gran diario mexicano, mis artículos suelen ver la luz, en su mayoría, en doce o quince periódicos del continente. Pero el que usted tiene ahora bajo sus ojos no se leerá –por el momento –sino en México. Los motivos no tardará en comprenderlos el agudo lector. Dedico esta columna a los padres de familia con la cálida súplica de que, en la intimidad del hogar, se lean en voz alta a sus pequeños hijos. Son historias verídicas y sumamente divertidas.

     Sucedió la primera –estoy escogiendo entre mil –hace unos quince días en Villa Coapa. Los señores encargados del mantenimiento del condominio comprobaron que a una infeliz perra se le había ocurrido parir. En pleno día, y en presencia de los niños que allí jugaban, los valientes quemaron vivos a los críos. La madre, enloquecida, tuvo que asistir, aullando, al espectáculo. Los hombres se carcajeaban. Horrorizados, dos niños le hablaron por teléfono a la Asociación Activa para la Suspensión de la Crueldad Innecesaria hacia los Animales, A.C. (585-34-63, 548-10-63, 568-14-75): los muy machos se preparaban, en efecto, a moler a palos a la madre. Se pudo recogerla. Tenía un agujero en la cabeza.

 

             

-

Pasemos a Azcapotzalco. El señor Víctor Sosa, de veintitrés años, con domicilio en el número 40 de la calle Matemáticas, “consideró” hace unos meses que un perro al que se le veía por allí “podía tener rabia” (palabras suyas) porque babeaba. Ayudado por tres amigos, el señor Sosa trató de matar al animal, golpeándolo salvajemente con bates de base-ball. Puesto que, ya agonizante, el villano animal se empecinaba en no morir, el señor Sosa lo roció de gasolina y le prendió fuego. Fue denunciado por unos asqueados vecinos, a quienes más tarde, cual lobo rabioso, pero sin ofender a los lobos, el señor Sosa anduvo buscando “para prenderles fuego en sus mismas casas”. 

     Un virgiliano paréntesis en el Desierto de los Leones. Vagabundeaba por esos mismos rumbos una pobre perra, cariñosa a más no poder pese al hambre, para no variar, le atormentaba las tripas. Unos amigos míos le llevaban de vez en cuando, el domingo, algo para su sustento. Pero un día la encontraron muerta con dos cachorritos chupando los áridos senos. Un habitante de aquel paradisiaco lugar le había dado vidrio molido con un poco de carne ¡Qué Dios pague al generoso donador!                   

                                                                                            

          

En Tlalnepantla, frente al mercado, hay una mugrosa carnicería con su respectivo carnicero, por supuesto que muy macho. Hace unos tres meses se le cayó al suelo un pedazo de chicharrón. Un perro esquelético se lo tragó. El heroico carnicero se abalanzó sobre el perro: con el mismo cuchillo con el que estaba cortando la carne, lo descuartizó literalmente. Llamada por las gentes del lugar –no sólo hay monstruos en Tlalnepantla –la Asociación obtuvo que un juez metiera en la cárcel a la bestia.

-

Desde un fraccionamiento del Estado de México, dos señoras, madre e hija, tuvieron el valor cívico (las mujeres valen más que los hombres) de llamar telefónicamente a la Asociación para informar de lo que allí sucedía: un hombre de cerca de cuarenta años, dueño de un perro collie, había fabricado un aparatito con el cuál sádicamente le apretaba los testículos. Cada noche, regresando a su casa, el depravado sometía al animal a inenarrable tormento. Cuando se presentaron los enviados por la Asociación, sacó una pistola para matarlos.

     Este edificante artículo, que muy bien podría seguir por toda la amplitud del diario, quiere recordar al perro ciego Lorenzino, de once años, a quien un asqueroso individuo alevosamente mató, junto con otro inocente animal, su compañero, introduciendo carne envenenada debajo de la puerta de un departamento de la colonia Florida.                                                   

Al lado de la incansable, despreciable crueldad “privada”, triunfa cada día la crueldad “pública” u “oficial”, si se me permite emplear estos adjetivos.

     ¿Acaso lo que precede, y lo infinitamente más que aquí podría contarse, necesita de comentarios? Yo no lo creo. Mi único comentario es que he escrito estas tres cuartillas con el alma y el estómago volteados por la vergüenza. La inocencia asesinada, la impiedad para con los vivos, un viejo perro ciego envenenado en su propia casa, la inexistencia de instrumentos legales para combatir tanta ignominia… todo esto deshonra y condena a una sociedad.                             

                 

 

Articulo publicado en el Diario Excélsior el 24 de septiembre de 1977.

Fuente: Hemeroteca del Museo Carlo Coccioli