El Llanto de las Vacas
Carlo Coccioli (1920-2003)

 

"...la vida nace de la vida, así es de vida que se alimenta toda vida..."

   

 

 

Sean dedicadas estas notas a Hirdayananda Dasa Goswami Maharaja, quién, en el curso de su estancia en México, me ha hecho el honor, en dos ocasiones, de conversar ampliamente conmigo, derramando ríos de sabiduría. Muy poco tienen que ver las insignificancias que iré diciendo con la profunda doctrina krishnaita del que él es un muy alto representante, pero la base de este articulo es su contestación a una pregunta que alguien le hizo acerca de la razón última de no comer animales: “Porque es violencia”, respondió. Y, con voz baja y meditativa, relató luego que en una localidad de Estados Unidos se había proyectado, hace poco, instalar un rastro, o matadero de animales, por lo que se reunió el concejo municipal. Discutieron mucho y acabaron por deshacer el proyecto. En apariencia, el motivo no fue de orden espiritual. “La tranquilidad de esta población veríase turbada –dijeron los concejales –por el hecho de que, como nadie ignora, las reses encerradas en los patios de los mataderos jamás dejan de llorar…” Y así es: las vacas lloran. Perciben el acercarse de la muerte: y se agitan, gritan, se lamentan, imploran. Piden ayuda. De un elefante destinado a ser comido durante el sitio de París, lo mismo dijo Víctor Hugo en un pasaje bellísimo de sus memorias. La carne que el hombre come está amansada con dolor y lágrimas. Sonría cuando guste el lector ante esta frase: también hubo gente que se rió de la cruz de Cristo.

Les parecía chistosa…

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No es agradable, no es popular lo que estoy escribiendo. Hablar de bisteces empapados de angustia –una angustia en esencia no muy distinta de la humana –es el colmo del mal gusto. ¡Perdónenme! Sé que sigo nadando contra la corriente; no puedo evitarlo, es mi vocación.

Desde luego no es el sentimiento, y menos aún la sensibilidad o la sensiblería, lo que empuja a cientos de millones de habitantes de este planeta a rechazar con horror la matanza de animales destinada a alimentar la especie humana. Es otra cosa; un concepto más sutil. Es la certeza de que en cada animal hay un alma. También hay un alma en cada planta, por supuesto; almas semejantes a las nuestras, prisioneras todas ellas de cuerpos materiales más o menos densos, más o menos transparentes. En ocasiones la densidad del cuerpo material es tal, que el alma prisionera logra expresarse apenas. Es por ello concebible que las plantas sufran infinitamente menos cuando se las somete a violencia, que los hombres y a los animales. Permanece el hecho, sin embargo, de que, así como la vida nace de la vida, así es de vida que se alimenta toda vida. Misericordia y decencia deberían pues a empujarnos a escoger, entre nuestros posibles alimentos, las especias a las que, cuando las utilizamos, se les hace una violencia menor: como los frutos de los árboles, como ciertos granos. Muy en particular abundan los motivos racionales que deberían alejarnos para siempre de la carne de vaca.   

Tal vez fundamentándose en el precepto bíblico de que nunca han de mezclarse carne y leche, la ciencia médica sabe hoy en día que las toxinas inevitablemente contenidas en cualquier carne se hacen más peligrosas cuando se juntan con las contenidas en los productos lácteos. Más genéricamente, una comisión médica del Senado estadounidense ha reconocido poder cancerígeno certero a todo tipo de carne. Mi experiencia personal me autoriza a afirmar que una buena cantidad de pequeñas o grandes dolencias usuales –desde las simples agruras hasta los padecimientos hepáticos –desaparecen rápidamente en quién adopta una dieta vegetariana rigurosa (la cuál también rechaza, por supuesto, pollo, pescado, huevos).                                                                                

   

 

 

Se produce al mismo tiempo –lo he comprobado en mi ser –un cambio emocional de relieve; disminuye la agresividad natural. Hoy, por ejemplo, me es dado aguantar con apatía, o con una sonrisa irónica, los ataques o alfilerazos que para no variar se infligen en mi insustancial persona; y se habrá comprobado que por regla general no respondo.

¡Así que a darle, valientes; aquí no hay gane ni pierde! 

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La ciencia, la famosa ciencia, la tan inciensada ciencia sabe en la actualidad que el siquismo de los animales, sus emociones, sus terrores, sus angustias…, son poco más o menos desarrollados que los equivalentes humanos. Prescindiendo del perro, el cual puede considerársele antropomorfo porque vive desde milenos con el hombre, y que por lo tanto es capaz de sentimientos infinitamente parecidos a los nuestros, todos los animales están abiertos al amor, cuyo grado más elemental es la llamada “suspensión de la agresividad”. Acabo de leer con gran interés las declaraciones del profesor Danilo Mainardí, el más conocido etólogo italiano, quién se detiene justamente sobre los animales y el amor. Hay horas en que en todas las especies animales el comportamiento agresivo, connatural a lo que vive, se deja sustituir por “algo” extraño, insólito, difícilmente definible, al que puede llamarse amor; desde unas suavidades o ternuras durante los acoplamientos físicos, hasta el modo con que un cachorro manifiesta ritualmente su sumisión y su respeto hacia el animal adulto…

En cuanto a las vacas, que desesperadamente lloran encerradas en los inmundos mataderos, ellas son nuestras madres: nos alimentan con su leche. Dulces, mansas, humildes, pacientes, nobles, indefensas; ¡y nosotros las matamos! Ve los ojos de una vaca, obsérvalos. Luego, si aún deseas comer su carne, ten la hombría de matarla con tus propias manos. Escucha su llanto, contempla su terror, mójate las manos con su sangre cálida, ¡y que te haga buen provecho, más tarde, el sabroso bistec!

Admito que lo que estoy diciendo es todavía más impopular que mi impertinencia acerca del venerable señor Rulfo. 

 

 

Artículo publicado en el Diario Excélsior el 27 de octubre de 1980.

Fuente: Hemeroteca del Museo Carlo Coccioli