LA MARQUESA
PARQUE TURÍSTICO
       

 

 

Batalla del Monte de las Cruces

 

CARLOS EDUARDO LINARES ROMERO
13 DE SEPTIEMBRE DE 2010
BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA DE MÉXICO
Y CENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA

  

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Batalla del Monte de las Cruces, 30 de octubre de 1810.

 

Llegada de Miguel Hidalgo al Estado de México

 
Después de iniciada la Guerra de Independencia en Dolores, Guanajuato, al Ejército Insurgente fueron agregándose campesinos, mineros y trabajadores de las ciudades, quienes se armaron con palos, hondas, lanzas y machetes.
 
Las huestes insurgentes se dirigieron de Dolores a San Miguel el Grande (hoy de Allende), Celaya, Salamanca, Irapuato, Guanajuato y Valladolid (hoy Morelia); en esta última ciudad, el 19 de septiembre de 1810 Hidalgo publicó el primer decreto de abolición de la esclavitud; de ahí, las tropas rebeldes se encaminaron hacia la capital del virreinato.
 
Procedente de Maravatío, Miguel Hidalgo y su gente entraron al territorio del actual Estado de México por San Felipe del Obraje (hoy del Progreso) y el 27 de octubre llegaron a Ixtlahuaca, donde los habitantes y el cura del lugar les dieron una cálida bienvenida.
 
Ante esto, el virrey Francisco Javier Venegas ordenó el desplazamiento del realista Torcuato Trujillo hacia Toluca con unos 2 mil hombres de infantería, artillería y dragones para detener el avance insurgente. Con este propósito, Trujillo preparó refuerzos en las haciendas cercanas al Valle de Toluca, entre ellas las de Atenco, San Nicolás Peralta, Santa Catarina y Doña Rosa.
      
  
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Las tropas de Hidalgo entraron al Estado de
México por el actual municipio de
San Felipe del Progreso.
 
Al enterarse que las fuerzas de Hidalgo se habían incrementado durante su marcha hacia la capital de Nueva España, Torcuato Trujillo se dirigió a Lerma para esperarlos. La Tarde del 28 de octubre, los insurgentes pernoctaron en Toluca, donde Hidalgo e Ignacio Allende idearon una estrategia de ataque. Mientras tanto, Trujillo fortificaba sus posiciones en Lerma pensando que por ahí llegarían los contrarios; sin embargo, a la mañana siguiente Hidalgo inició su marcha a Santiago Tianguistenco, por el rumbo de Atenco, con la idea de cercar y derrotar a los realistas.

 

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Allende e Hidalgo planearon
una estrategia de ataque.

El 29 de octubre, el cura de Lerma alertó a Trujillo que los insurgentes podían continuar su camino por el puente de Atenco, por lo que el realista designó un contingente reforzado con elementos que el subdelegado de Tianguistenco proporcionó para defender ese punto e impedir el paso de las tropas liberales.

A pesar de su esfuerzo, los realistas fueron embestidos y se vieron obligados a retroceder hasta el Monte de las Cruces, desde donde Trujillo preparó la defensa de la Ciudad de México, en tanto que el Batallón de Tres Villas fue apostado en el puente de Lerma para cubrir la retaguardia.
 
 
Batalla del Monte de las Cruces
 
Ubicadas las tropas realistas en las partes más altas del monte, Torcuato Trujillo envió un comunicado al gobierno virreinal para informar su posición y solicitar refuerzos de artillería. Las fuerzas totales de los realistas se componían de 2 mil infantes, 400 efectivos de caballería y 2 piezas de artillería, incluidos 380 soldados que el virrey mandó como refuerzos; por su parte, los insurgentes eran más de 80 mil, de los cuales sólo unos 2 mil eran soldados con regular preparación y armamento, el resto seguían con fe al cura de Dolores, armados únicamente con su valor.
 
La mañana del 30 de octubre de 1810 inició el enfrentamiento. En medio del atronador sonido de la artillería y del griterío, los insurgentes fueron blanco fácil de los tiradores realistas, que estaban mejor ubicados; no obstante, los independentistas acometieron con gran valor contra la artillería enemiga para apoderarse de ella.
 
Al percatarse de los estragos que estaban sufriendo sus filas, el mando insurgente determinó flanquear a los realistas hasta quedar encima de ellos; cuando lo consiguieron, las fuerzas de Trujillo comenzaron a desfallecer ─al grado que muchos de sus hombres le aconsejaron capitular─ hasta que se vieron obligados a tocar retirada.
 
Caída la tarde, la victoria insurgente se había consumado. En la batalla destacaron las acciones militares de Ignacio Allende, Mariano Abasolo, Juan Aldama y Mariano Jiménez, quienes, a pesar del desconcierto inicial, lograron dirigir acertadamente a sus hombres. En la noche, los soldados de Hidalgo sepultaron los cadáveres regados en el campo de batalla y procedieron a festejar y a participar en una misa por la victoria obtenida.
 
Con la Ciudad de México a su alcance, Hidalgo decidió regresar al Bajío y continuar propagando la rebelión en otras provincias para evitar un derramamiento de sangre innecesario. De Cuajimalpa se dirigió a Querétaro, pasando por Temoaya, Jiquipilco y Nixiní; sin embargo, el 7 de noviembre, en Aculco, sus fuerzas se encontraron con las del realista Félix María Calleja. En esa escaramuza los insurgentes perdieron algunos hombres y pertrechos, aunque Hidalgo logró marchar a Valladolid con una parte de sus tropas, mientras que Allende se dirigió a Guanajuato.

 

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Acometida de los insurgentes.
 
 
El recuento de los daños
 
Habrá que imaginar las dimensiones de la Batalla del Monte de las Cruces, considerando, sobre todo, lo agreste del terreno, el desgaste físico de los contendientes ─tanto insurgentes como realistas─ y por supuesto, las bajas.
 
El combate, que había empezado por la mañana, terminó con la victoria insurgente ya casi en el ocaso de ese día. En efecto, alrededor de las cinco de la tarde las tropas independentistas estaban a punto de ganarle a los realistas, ya que un gran número de sus soldados yacían en el suelo muertos o heridos. Dichas bajas representaban una tercera parte del total de ese ejército, al que también ya casi se le había acabado el parque. Por otra parte, los insurgentes lograron arrebatarle a los realistas un cañón con el que causaron varias bajas.
 
Esta situación no pasó desapercibida para Trujillo, quien ante la inminente derrota ordenó desmontar y quemar dos cañones con los que aún presentaba resistencia; después reunió los restos de su tropa y emprendió la huida hacia la Ciudad de México.
 
La retirada se convirtió en una presurosa fuga, ya que algunos insurgentes trataron de darles alcance. Al llegar a Cuajimalpa, la mayoría de los realistas que lograron escapar tomaron distintas direcciones y Trujillo se quedó únicamente con 50 elementos.

 

 

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La victoria se celebró con una
 misa en lo que fue el campo de batalla.
 
 
Esa noche, los insurgentes festejaron al calor de las fogatas. Al mismo tiempo, Hidalgo ordenaba sepultar los cadáveres y prestar auxilio a los heridos. En cuanto al número de bajas, se calcula que los realistas perdieron 2 mil hombres y los insurgentes reportaron una cantidad mayor, debido a la falta de disciplina militar de gran parte de la muchedumbre; sin embargo, hay que considerar la escasez de armamento de los rebeldes que, aún así, pelearon valientemente por el ideal de una patria libre.

 

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Obelisco en memoria de la batalla.
 

Las fuerzas insurgentes permanecieron en Cuajimalpa sin realizar algún movimiento hasta el 1 de noviembre, aunque algunas partidas incursionaron ─posiblemente para amedrentar a los capitalinos─ en los poblados de San Agustín de las Cuevas, Coyoacán y San Ángel.

 

 

REFERENCIAS

Alanís Boyso, J. L. (1986) Batalla del Monte de las Cruces. Toluca: Gobierno del Estado de México, 144 p.
 
Secretaría General de Gobierno (2009) Batalla del Monte de las Cruces CXCIX Aniversario 30 de octubre de 2009: folleto editado por la coordinación general de comunicación social del gobierno del Estado de México. Toluca: Gobierno del Estado de México, 6 p.