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HOMILIA DEL PBRO. IGNACIO FERNANDEZ GONZALEZ
PENTECOSTES (CICLO B)
Hoy, al cumplirse las siete semanas de la Pascua, estamos
celebrando con gozo la
venida del Espíritu
Santo sobre los Apóstoles
y sobre la Iglesia.
Celebramos pues, la
fiesta de
Pentecostés y con esta fiesta, celebramos el nacimiento
de la Iglesia.
La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles
nos presenta la venida del Espíritu Santo sobre los
Apóstoles y como éstos
pasan del miedo a la valentía para dar testimonio de Jesús.
El Espíritu Santo transformó a los acobardado, discípulos
que estaban encerrados por miedo a los judíos, en personas
capaces de expresarse en diferentes idiomas y hacerse
entender por todos.
El día de Pentecostés fue enviado el Espíritu Santo, en
nombre de Dios Padre, para hacer posible el entendimiento
entre las personas, a hacer realidad la fraternidad.
El orgullo, la soberbia, crean división entre las personas;
el Espíritu crea
comunión, cercanía, diálogo, fraternidad.
El lenguaje por el cual se hicieron entender los apóstoles
fue el lenguaje del
amor, lenguaje que todos entienden y que todos
deberíamos de practicar y hablar.
La 2ª lectura de la primera carta de san Pablo a los
Corintios
nos dice que en cada uno de nosotros se manifiesta el
Espíritu para el
bien común; esa es la finalidad primera del Espíritu, el
Bien Común; por eso dice que hay diversidad de dones, de
servicios, de funciones, pero un mismo Espíritu.
Los cristianos formamos el Cuerpo de Cristo; en cada uno se
manifiesta el Espíritu para el bien común:
todos somos
necesarios para la comunión. Cuando entre nosotros no
hay fraternidad, cuando entre nosotros hay división es señal
de que no estamos dejando actuar al Espíritu, es señal de
que estamos actuando por nuestra cuenta sin tener presente a
Dios.
Por eso, no debemos de olvidarnos que
“todos nosotros
hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un
solo cuerpo”.
El
Evangelio de San Juan
nos decía:
“Estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban
los discípulos por miedo a los judíos".
Es la descripción de una comunidad que no ha experimentado
el Espíritu de Jesús resucitado.
Por eso cuando lo experimentan y creen en Jesús
resucitado “se
llenaron de alegría”.
Alegría, gozo, paz, son dones del Espíritu Santo.
Hoy nosotros podríamos preguntarnos por nuestros miedos.
Miedo, porque quizá somos pocos; miedo, porque parece
que en nuestra sociedad vamos perdiendo influencia; miedo
porque no vemos el camino claro; miedo porque tenemos pocas
vocaciones.
¡Cómo si no
tuviéramos la fuerza del Espíritu!
“Entonces aparecieron lenguas de fuego, que se distribuyeron
y se posaron sobre ellos”.
Este es el fuego del Espíritu, la llama del amor viviente.
Fuego que significa amor, amor fiel y exclusivo.
Fuego que es indomable e incontrolable.
El Espíritu Santo es
“fuego que procede
del fuego”.
El Espíritu Santo es el
“Amor que procede
del Amor”.
Pero pensemos:
¿Quién es el Espíritu Santo? El Espíritu Santo es nada
menos que el Espíritu de Dios; es decir, el Espíritu de
Jesús y el Espíritu del Padre. Él es la
presencia de Dios en
medio de nosotros los hombres.
Es el regalo que
recibimos de Jesús para hacernos partícipes de su vida.
Nosotros sabemos que el mejor regalo que podemos dar
y recibir es el amor, el afecto.
¿Y dónde está el Espíritu Santo?
Allí donde hay un corazón inocente, incapaz de engaño o
maldad, allí está el Espíritu Santo.
Allí donde nace un
amor sincero, sin trampa, limpio y alegre, allí está el
Espíritu Santo. Allí donde la venganza se convierte en brisa
suave y en perdón, allí está el Espíritu Santo.
Allí donde la
indiferencia egoísta hacia el hermano se transforma en
cálida acogida, allí está el Espíritu Santo.
Allí donde se toma una decisión heroica en la honda paz del
corazón, allí está el Espíritu Santo. Allí donde una frase
de la Escritura cien veces oída de repente adquiere un nuevo
sentido, allí está el Espíritu Santo. Allí donde ni razas ni
lenguas crean fronteras entre los hombres, allí está el
Espíritu Santo.
¿Cuándo recibimos el Espíritu Santo?
Recibimos el Espíritu Santo en los sacramentos y también en
otros muchos momentos en los que Cristo se hace presente en
nuestra vida: en un
rato de oración, en momentos alegres, momentos de
enfermedad, de sufrimiento.
Esta fiesta de Pentecostés de hoy es una llamada a vivir más
atentos a la presencia del Espíritu en nosotros.
Todos necesitamos el
Espíritu. Sin el Espíritu, Cristo queda lejos, como un
personaje de la historia, del pasado; sin el Espíritu el
evangelio puede ser un libro maravilloso de literatura, pero
letra muerta y nuestra misión evangelizadora queda reducida
a mera propaganda, a palabras vacías, a organización sin
vida.
Necesitamos el Espíritu de Dios que nos enseñe a dialogar
como hermanos. Que nos enseñe a entender el lenguaje del
adversario. Necesitamos el Espíritu que nos ayude a saber
que nadie puede dar un paso hacia la paz si no comprendemos
que nuestro adversario es nuestro hermano.
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