DIÁLOGO ENTRE GENERACIONES

Por el Pbro. Ignacio Fernández González.

El diálogo entre generaciones difícilmente se dará si no se consiguen, primero, unos buenos sentimientos de aprecio sincero entre las personas de distintas edades.

 

Sin embargo, el amor no se puede imponer; no podemos mandar a otra persona que nos ame. O surge libremente o no es amor. Por consiguiente, lo primero e imprescindible es que las distintas generaciones sepan respetarse en la libertad; más aún, ayudarse mutuamente a desarrollar esa libertad. La misma experiencia demuestra que siempre que se violenta la libertad de otro u otro es uno mismo quien impide que surja la floración del amor.

 

La modernidad, desde Descartes, ha ido absolutizando la razón. La hegemónica soberbia de la razón ilustrada ha abocado al mundo a las guerras más horribles, utilizando los medios más sofisticados que el progreso de la técnica ha conseguido; ha puesto en peligro la ecología y nuestra misma pervivencia; ha causado las máximas injusticias entre los pueblos ricos y pobres, y ha incrementado el menosprecio de los derechos humanos, como lo demuestran las ingentes cantidades de menores obligados a la prostitución.

 

Desencantados de esa razón prepotente, muchos caen al menos en lo irracional: esoterismo, sectas fanáticas o nuevos partidos autoritarios. La “sana razón”, en cambio, debe reconocer la grandiosidad de la libertad del ser humano, básica para la sabiduría, y, con ella, llegar al verdadero amor, así como reafirmar la dignidad de todo individuo.

 

El amor al que mutuamente tienen que llegar las generaciones contemporáneas requiere también, pues, el ejercicio de nuestra razón, ya que no bastan solamente los buenos sentimientos. Sin el conocimiento, el amor sería una fuerza ciega e inútil.

 

¿Cómo van a conocerse las personas de distintas generaciones si no dialogan?

 

El hombre es palabra y ésta constituye el mayor instrumento de expresión de su identidad más profunda. Si no hay diálogo entre los componentes de las generaciones, no podrá haber una cordial relación entre ellos y, menos aún, surgirá la solidaridad. El amor se da entre conocidos personalmente. La solidaridad, en cambio, se extiende a todos y abarca también a desconocidos.

 

Todos los miembros de la familia humana, integrantes de distintas generaciones, somos hermanos, hermanos en la existencia. La existencia es nuestra familia primordial. Si las personas mayores pueden aportar tanta experiencia y sabiduría, ¡cuánto también los más jóvenes pueden aportar y, ante todo, una luminosidad profética del enorme deseo de una solidaridad con mayor justicia, mayor paz y mayor alegría en la convivencia humana!

 


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