|
El diálogo entre generaciones difícilmente se dará
si no se consiguen, primero, unos buenos
sentimientos de aprecio sincero entre
las personas de distintas edades.
Sin embargo, el amor no se puede imponer; no podemos mandar a otra
persona que nos ame. O surge libremente
o no es amor. Por consiguiente, lo
primero e imprescindible es que las
distintas generaciones sepan respetarse
en la libertad; más aún, ayudarse
mutuamente a desarrollar esa libertad.
La misma experiencia demuestra que
siempre que se violenta la libertad de
otro u otro es uno mismo quien impide
que surja la floración del amor.
La modernidad, desde Descartes, ha ido absolutizando la razón. La
hegemónica soberbia de la razón
ilustrada ha abocado al mundo a las
guerras más horribles, utilizando los
medios más sofisticados que el progreso
de la técnica ha conseguido; ha puesto
en peligro la ecología y nuestra misma
pervivencia; ha causado las máximas
injusticias entre los pueblos ricos y
pobres, y ha incrementado el menosprecio
de los derechos humanos, como lo
demuestran las ingentes cantidades de
menores obligados a la prostitución.
Desencantados de esa razón prepotente, muchos caen al menos en lo
irracional: esoterismo, sectas fanáticas
o nuevos partidos autoritarios. La “sana
razón”, en cambio, debe reconocer la
grandiosidad de la libertad del ser
humano, básica para la sabiduría, y, con
ella, llegar al verdadero amor, así como
reafirmar la dignidad de todo individuo.
El amor al que mutuamente tienen que llegar las generaciones
contemporáneas requiere también, pues,
el ejercicio de nuestra razón, ya que no
bastan solamente los buenos
sentimientos. Sin el conocimiento, el
amor sería una fuerza ciega e inútil.
¿Cómo van a conocerse las personas de distintas generaciones si no
dialogan?
El hombre es palabra y ésta constituye el mayor instrumento de expresión
de su identidad más profunda. Si no hay
diálogo entre los componentes de las
generaciones, no podrá haber una cordial
relación entre ellos y, menos aún,
surgirá la solidaridad. El amor se da
entre conocidos personalmente. La
solidaridad, en cambio, se extiende a
todos y abarca también a desconocidos.
Todos los miembros de la familia humana, integrantes de distintas
generaciones, somos hermanos, hermanos
en la existencia. La existencia es
nuestra familia primordial. Si las
personas mayores pueden aportar tanta
experiencia y sabiduría, ¡cuánto también
los más jóvenes pueden aportar y, ante
todo, una luminosidad profética del
enorme deseo de una solidaridad con
mayor justicia, mayor paz y mayor
alegría en la convivencia humana!
|