Aprenda a Pedir
Eugenio Medina Ramirez

       
 
¿Quién, entre todos estos mortales, le ha pedido lo más grande a Dios y cuál es tal grandeza? Casos donde  del diario piden y piden y nada se les da, abundan. Casos muy opuestos donde al que pidió, al recibir lo solicitado, aquello fue tan abundante que lo ahogó, tenemos algunos increíbles ejemplos.
 
¿A quién y con qué  frecuencia usted pide?  ¿Qué sabe de los que agradecen convencidos y reverentes, porque se les ha dado en inconmensurable abundancia? Son muchas las cosas que deben aprenderse en mundos como este que se pretende una escuela, y aprender a pedir es una de las importantes, nobles y grandiosas tareas con descomunales alcances.
 
Tenemos infinidad de santos, al parecer encargados de cabildear el milagroso trámite. Solicitud que frecuentemente pretende la alteración del orden mundano y en algunos casos hasta del orden cósmico. Cabildear es una burda manera de negociar, valiéndose de todas las mañas y artimañas, entre esa parranda de gente a quien nombran cabildo, para lograr esto o aquello.
 

Los que al tomar el primer tempranero dinero, con el mismo obscenamente se santiguan y hasta  persignan, son los acosados por el hambre y sus incontables faltantes. Piden empujados por la poderosa fuerza  del hambre de su panza y demás bravas y necias tripas. Si lo divino quisiera cancelarles el hambre, alterando unos de los grandes ejes sobre lo que todo esto gira. Lo primero por hacer sería: corregir sequías e inundaciones y cada tres días dejarles caer una deliciosa brisa o alguna variante de maná del firmamento, y ni  animales ni bestias ni hombres pasarían hambre. Donde abunda la comida es en el mar y de tales salobres aguas nosotros andamos prófugos y desterrados.

San Martín  Caballero, El Greco.                    

 San Martín Caballero, El Greco.              

Mucha gente supone que con el dinero es más que suficiente para resolverlo todo. Sirve, por supuesto que sirve, y muy bueno el dinero, pero es tan poco y miserable lo que se vende y muy escaso lo que con dinero se puede comprar, que mueve a risa el creer, tan infantil y zonzo, de tanta gente que supone que el genio de la lámpara les resolvería casi todo. Muchos no sabrían ni qué importante pedir.
 
Pedir por la vida del enfermo grave es de lo más desesperante y doloroso. Para los pacientes terminales, nada mejor que todo, a la brevedad, termine. Unas amigas, dos del grupo las hormigas tilicas, tuvieron a su padre muriendo de lo que más mueren los mexicanos, del corazón,  pues casi todos tienen los once agravantes para morir por tal causa: herencia, ser varones, fumar, obesidad, trastornos de las grasas en sangre, voluminosa panza, estrés, no comen ni frutas ni verduras, presión alta, diabetes, no hacen ejercicio y beben alcohol. Son suficientes tres de los once requisitos para matarlos prematuramente. En este caso, viene el médico de la unidad de terapia intensiva cardiológica con su cara seria y su voz solemne. “No hay mucho por hacer, de un momento a otro nos dejará.” Llorando todos,  hermanos y hermanas, se tomaron de la mano.  Aquel convencido círculo oró pidiendo a Dios, y en menos de media hora su señor  padre inició una franca y asombrosa mejoría.

 

¿Quién es escuchado e inmediatamente atendido, y a cuántos no se les hace ni el mínimo caso?
 
Si se trata de un simple pedir como se le pide al mesero o a la sorda servidumbre, nadie escuchará aquel ruego ¿En cuál de los numerosos libros sagrados como la Torá, Mishna o Guemara, el Corán y sus suras, luego siguen los documentos de más alta cronología de las religiones cósmicas, como el hinduismo y sus derivados tan refinados; jainismo y budismo,  en ellos no se explica la manera reverente, protocolaria, precisa para pedirle al Cielo y obtener aquello ansiado?
 
Dicen las religiones cósmicas que lo que vives, gozas o sufres es sólo la resultante de tus decisiones y cuenta de tus obras. No puedes pedirle al cielo ni a Dios ni a los santos que te  perdone y cancele la cuenta de tus obras,  pues parte de tal cuenta es lo que vives y sufres y lo que te aguarda para mañana. Nada ni nadie podrá cancelar todo cuanto haz o no haz hecho. Todo cuanto pidas en tal sentido, no tiene sentido y nadie te escuchará atenderá ni  te resolverá.
 
Dos cosas son las importantes. Se pide para este burdo cuerpo o se pide para el intimismo. Para el primero: dinero, sexo y algunas otras ebriedades; o se pide para el segundo caso, pues necesitan: amor, cariño, compañía, presencia y alguien a quien entregar todo cuanto se tiene dentro.   
     

  Caridad

 Caridad

Tengo información precisa y comprobada de dos hechos grandiosos. Un niño quien murió durante una cirugía ocular y se le reanimó, pero quedó descerebrado. Su madre se opuso hasta ferozmente para desconectarlo y dejarlo partir. Lloró desgarradoramente como a nadie le es posible hacerlo. Se cambió de religión; pidió a todo cuanto se le puede pedir, sacudió médicos, enfermeras, arrancó botones de sus batas. Fue tal el alcance de su ruego pidiendo por su hijo, que milagrosamente el niño logró recuperarse. Diez años después el niño le dijo: “Madre yo no estoy en el cielo porque tu terco llanto y todo cuanto desesperada hiciste, me cerró la puerta de entrada al paraíso.”
 
 El segundo caso, una mujer murió durante una cirugía. Después de casi media hora para reanimarla, no se logró y se declaró fallecida. Permaneció muerta 40 minutos. Al minuto siguiente estaba en coma pero respirando. Luego contó el relato más profundo acerca de las paradisíacas luces y lo que hay después de la puerta de oro, pues entró al paraíso. Pidió regresar, bajar  y se lo permitieron.
 
Lo cotidiano con el verbo de este documento, consiste en pedir en primera persona: ampárame, ayúdame, agrégame, dame,  quítame,  libérame, protégeme, no lo permitas… Muy pocos serán los atendidos.

Algunas nobles y resignadas oraciones dicen solemnes:  “Que se haga la voluntad de Dios.” Pero no falta la culebra con su voz quien dice, sí, pero que se haga en los bueyes de mi compadre.

La mejor posición para que te den, no es la del que humilde, sumiso y reverente pide. La mejor es la de aquel que tiene para dar y en este mundo hace falta: luz, conciencia, sabiduría, amor, compasión, generosidad y hasta nobleza y apego al trabajo y a las grandes obras.

Si pides tiempo para proseguir en una de estas obras, se te concederá sin solicitarlo. Si necesitas otro ángel de la guardia, se te enviará; y si necesitas un batallón celestial a tu lado, día y noche, si tu obra lo demanda, se te concederá. 

Abundan burdas versiones donde se promete que se te concederá, pues el  niño Fidencio o el niño Doctor o esta virgen alemana son muy buenos o buenas, y se busca al más famoso y eficaz cabildeador celestial.
Inopinadamente todos nos hemos visto o nos veremos en la apremiante necesidad de pedir.
 
Se precisa, para que tu petición sea escuchada, atendida y resuelta, de al menos unos importantes requisitos. Que no pidas para ti. Por ti deben pedir terceros. Que  lo que pidas, derramándose, sirva a otros y no a ti directamente. Entre los insectos esto resulta magnífico: la reina de las hormigas a nadie le pide y lo  tiene todo: guardia, escolta, protección, seguridad, alimento, informantes e información sobre cuántos guerreros y obreras ha perdido y necesita parir. Una prole  quien le ayuda, le cuida en todo  y para todo.
 
 

¿Cuántas almas pidieron al cielo por Jesús? Seguramente su madre María, María Magdalena, algunos otros y sus apóstoles pluguieron suplicantes y vea. No se les concedió. ¿Cuántos han pedido por los papas agónicos,  moribundos? Todos han muerto. Aquellos cansados ancianos ya no tenían mucho por hacer en este mundo. Y sin tarea al frente ¿para qué más tiempo y para cuáles obras?

Altruismo

Altruísmo

Este mundo y el cielo precisan, no de limosneros ni de holgazanes  o zánganos que no cesan de pedir. Lo divino y supremo ni es mesero ni hace mandados, ni siembra parcelas ni echa tortillas. Pero los que tan poco piden, pues laboran hacia los caminos de luz y la grandeza, a esos todo se les da. Por ello tienen para dar y abundantemente  derraman.
 
Pregúntese: ¿Cuántos por mi diariamente piden? Todos los que lo hacen seguramente me quieren ¿A qué le puedo temer y qué me puede faltar?
 
¿Y qué es lo más grande que a Dios se le puede pedir?
 

Lo veremos en el próximo artículo.

eugenio_medina2000@hotmail.com