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Buda
Buda, lo digo una vez más para evitar toda ideúcha tonta, no es un personaje mítico, sino un hombre de carne y hueso que vivió en una época histórica perfectamente definida y conocida hasta los menores detalles; no fue un dios, ni jamás se tomó por tal; fue un simple ser humano que se hizo las preguntas básicas que más o menos se hace, un día u otro en su vida, cada hombre con un poco de cerebro: ¿Por qué existe la muerte, por qué existe el dolor?
Era el hijo y el heredero de un rajá cuyo pequeño reino se extendía a los pies de los montes Himalayas, y parece que su padre, preocupado por ciertos presagios que habían acompañado el nacimiento del niño, pretendió mantenerlo alejado del drama que es el vivir: lo encerró en un palacio con una notable cantidad de concubinas, una dulce esposa que le dio un hijo, ropas de seda y otras delicias. Pero el joven, que aún no era Buda porque todavía no había “despertado” –Buda significa: el Despierto-, y que según el estado civil se llamaba Siddarta Gautama, logró salir del palacio, con la complicidad de un cochero y de un caballo, y “vio” lo que era –y sigue siendo- el mundo fuera de las murallas que lo protegían tan intensamente: vio la vejez, vio la enfermedad, vio la muerte. Tuvo una crisis de conciencia y, a los 29 años de edad, huyó de todo y fue a buscar, ya no vestido de sedas de Benares sino de harapos amarillentos, el porqué de la vida: los motivos del dolor y de la muerte.
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En esa época, exactamente como hoy en la mayor parte del mundo de los hombres pensantes, se creía firmemente en la reencarnación, y la pesadilla del joven Siddarta era justamente la horrible idea de que nadie acaba jamás de nacer y de morir, con toda la inmensa carga de sufrimientos que esto implica. Casi en cueros, y de ninguna manera viejo, gordo y feo como se suele imaginarlo sobre la base de engañosas figuras chinas, sino joven alto y guapísimo que asombraba justamente por su belleza, fue a juntarse con los discípulos de dos maestros yoghis muy reputados entonces; infinitamente sabios los dos, y hasta un poco sofisticados en su sabiduría, ni el uno ni el otro logró satisfacer la sed de conocimiento del príncipe en pos de la Verdad Última de las cosas. Siddarta los dejó, pues, y se fue a meditar en las orillas de un tranquilo y majestuoso río. Adoptó el criterio de los numerosos ascetas de aquella época: mientras más se martirizaba el cuerpo, más, se purificaría el espíritu (o lo que tenemos además de esta vestidura carnal). La automaceración despiadada del pobre joven duró seis años.
Relatan los textos, que son abundantísimos y dan la impresión de haber sido escritos ayer cuando tienen más de dos mil años, que el futuro Buda se alimentaba con un grano de arroz diario, a esto no hemos llegado ni nosotros en época de inflación y pactos. Se trata sólo de una bonita hipérbole para dar entender que en la práctica Siddarta no comía casi nada. El hermoso joven se convirtió en un repugnante esqueleto y, si tuviese más espacio del que por lo general utilizo, yo trascribiría aquí las casi cómicas líneas del texto llamado Majjhima Nikaya en el que Buda, más tarde, se describió a sí mismo. Una estatua gandhara, es decir griego-budista, entre el segundo y el cuarto siglo antes de Cristo, nos lo representa en tan espantoso estado.
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Y un día acaece lo previsible: el famélico asceta, más descarnado que don Agustín Lara en sus más líricos tiempos, y sumido en meditaciones obviamente no demasiado alegres, pierde los sentidos, cae desmayado, casi se ahoga en el río cerca del que realizaba todo este drama (el cual, dicho sea de paso, cambió la historia del mundo y del corazón humano). Logró no morir del todo –hasta se cuenta que los dioses, desde los cielos, desde sus cielos, se llevaron, temiendo que eso pudiese suceder, el susto de su vida- y jaló su miserable humanidad a unos pasos de distancia. Pasaba por ahí una joven campesina llevando, creo que a su padre, un tazón con arroz con leche, aunque otros textos, por ejemplo algunos del Tíbet, hablan de leche cocida con miel y muy concentrada: escoja el lector la gastronomía que más le guste. El hecho es que, movida por la compasión, Sujata –así llamábase la bondadosa joven- dio de comer al casi moribundo. Y entonces se realizo el primer acto del famoso Despertar que hizo de Siddarta un buda, el Buda histórico: ¡El maltratadísimo hombre se sintió maravillosamente bien! Hasta comprendió que meditar con el estomago lleno no es lo mismo que con el estomago vacío. Bien comido, uno medita mejor.

Buda ayunador al borde del cadaver, Escuela de Ghandara, Siglo III.
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Paradójicamente podría decirse que esto de que comer suena mejor que ayunar es la primera clave de interpretación del budismo. Pasó cerca de allí otro campesino con una carga de hierba: dio un poco de ella al asceta, cuyas mejillas volvían a tomar los colores, y Siddarta se la puso debajo de las nalgas tan resecas –contará él mismo más tarde- “como la pezuña de un búfalo”. Alimentado, y sentado casi confortablemente, Siddarta concibió por primera vez la llamada Vía Media: la sabiduría tal vez poco metafísica pero tan humana de mantenerse alejado de todo extremo. Lo que no significa, por supuesto, que se deba pasar de un grano de arroz diario al salmón ahumado, así de golpe…
Todo lo que aconteció más tarde es harto conocido por los budistas y también por los no-budistas que tengan una migaja de cultura: el estómago lleno permitió a Siddarta concebir las Cuatro Nobles Verdades acerca del dolor. Son muy sencillas: 1º, todo es dolor (el nacimiento es dolor, la vejez es dolor, enfermedad es dolor, la muerte es dolor, estar unido a lo que no se quiere es dolor, estar separado de lo que se quiere es dolor, no tener lo que se desea es dolor); 2º, la causa del dolor es desear, ambicionar, codiciar, querer; 3º, se extingue el dolor extinguiendo el deseo; 4º, el camino que lleva a la extinción del deseo consiste en el Noble Octuple Sendero; visión correcta, pensamiento correcto, palabra correcta, acción correcta, medios de vida correctos, esfuerzo correcto, atención correcta, concentración correcta.
Esto que acabo de resumir en unas cuantas líneas ha sido objeto de dos mil quinientos años de conversaciones, invocaciones, discusiones, interpretaciones, realizaciones, y de una sublime literatura que puede llenar una buena tercera parte de la biblioteca del Congreso en Washington. Pero lo único a lo que yo aspiro en este momento es a que el lector llegue a pensar que un tazón de arroz con leche ofrecido en el momento oportuno puede cambiar la historia del mundo.
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