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Un príncipe oriental se prendó de una joven consagrada al bajti-yoga, que de todos los yogas es el único devocional, y con vehemencia le pidió se casara con él. La muchacha era bellísima pero igualmente devota: trató de hacerle ver a su fogoso pretendiente que ella despreciaba los efímeros placeres de este Mundo Material y sólo anhelaba liberarse del terrible ciclo de nacimientos y muertes en que sentía aprisionada. Pero tanto insistió el poderoso príncipe que acabaron por acordar un breve periodo de espera: las nupcias se celebrarían dos semanas más tarde. Ella se sometió entonces a las dietas más rigurosas comió hierbas amargas, mortificó su envoltura carnal: todo lo contrario de lo que suelen hacer las novias en los salones de belleza. Pasó las dos semanas volviendo el estómago y defecando.
Cuando finalmente vuele, él casi no reconoce a la amada. Tiene ante sí una especie de verdoso fantasma desprovisto de todo el poder de seducción. “Pero ¿quién eres? –le grita exasperado-, ¿Y dónde está tu belleza?” La joven el enseña los bolsos de seda en que ha ido guardando el producto de sus vómitos y diarreas. “Allí –le dice en voz baja- se encuentra mi belleza material: puros mocos ¿Me amas ahora?”
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Es preferible pues cortejar el alma: no está sujeta a mutaciones. Casémonos con ella y ya. Como quiera que sea, la vida es un sueño y ya lo sabíamos; pero ¿qué sueña usted, amigo, y con qué sueña usted? Note la diferencia en el empleo del verbo. Usado en transitivo, “soñar” indica, en buen español, las representaciones que con la fantasía nos hacemos durmiendo; usando intransitivamente, regido por “con”, corresponde a codiciar algo. “Soñó a su madre” y “sueña con grandezas” son ejemplos de la primera y la segunda acepciones del verbo.
Dante creía en la virtud adivinatoria de los sueños: “…El sueño que a menudo / antes de que el hecho sea conoce las nuevas”, declara en un estupendo verso del Purgatorio. Otro poeta italiano, Pietro Metastasio, del cantarín siglo XVIII, escribió nada menos que “Sueña el guerrero las huestes / Las selvas del cazador / y sueña el pescador / redes de anzuelo”. En fin: cada quien a lo suyo y con lo suyo. ¡Qué reconfortante es saber que sólo nos pierde nuestra propia avidez!
En cuanto a mí, sueño con paisajes de orden y armonía. Sueño con vecinos que pongan la basura en su lugar. Sueño con mujeres de vientre plano: las eternamente embarazadas me molestan. Sueño con perros y vacas felices. Sueño con una acción de gobierno precisa y apacible, y con gobernantes que hablen poco. Mejor si afligidos por tartamudez. De los grandes oradores hay que desconfiar.
Si uso el verbo “soñar” transitivamente, y por ende me refiero a las imaginaciones que la noche me trae, compruebo que no hay solución de continuidad entre mis sueños y mis libros: mis libros son mis sueños puestos en palabras impresas. Meno aún hay diferencias entre mis sueños y lo que pinto. ¿Qué es lo que pinto? Pinto puertos con muelles muy protectores; pinto mudos castillos con hermosas defensas; pinto árboles y flores, una infinidad de flores, y por supuesto pinto luz. El sol fue siempre mi confortador máximo. ¿Cómo sufrir cuando nos cubre el sol? Así que sueño –y sueño “con”- el estío italiano, el más amplio, el más solemne del mundo.
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Vale la pena que le revuelvan la casa a uno: de sus escondrijos salen libros olvidados. Acabo de redescubrir “Le Flagellant de Séville”, de Paul Morand. Las generaciones jóvenes desairan a este fértil autor francés o más precisamente, no saben que existió: pero ¿qué es lo que no desprecian e ignoran, en su vertiginosa ignorancia, las generaciones jóvenes? Háblenles de libros y verán. Lo que no impide que su arrogancia sea omnipresente. Hace unos días en el programa televisivo de Basurto apareció uno de esos actorcillos que pululan en México. Cuando a la entrevistadora se le ocurrió aludir, ya no sé a propósito de qué, al concepto de neutralidad del arte ante la política, el pequeño genio hizo una mueca; “¡Hasta lo apolítico es una actitud política!”, sentenció. Era imposible que dijese otra cosa. Pero ¿De donde sacan sus preciosas trivialidades nuestros profetillos?
“Todos los españoles son locos -leo en Morand-; si no lo fuesen, serían simples latinos y esto es muy vulgar; los italianos son falsos locos, sus extravagancias revelan siempre, al último momento, un robusto buen sentido, fruto de una experiencia no menos antigua que su abotinada península. Pero los españoles son insensatos auténticos…”
Bueno: prescindiendo del valor incontestable de la obra literaria, sí es un loco Don Quijote; por mucho que se le dé vueltas al asunto, en pos de significados recónditos capaces de transformar una lamentable demencia en una misteriosa y sublime cordura, don Quijote es y sigue siendo un loco. Reflexionando en lo dicho por ese personaje de Morand, ahora no me asombra -¿o tal vez sí?- que un gran pueblo como el español se haya dejado seducir por un demente y se obstine a tomarlo por su héroe, su símbolo, su parámetro.
Pero no teman: ¡no son Quijotes todos lo que pretenden serlo! Entre los “locos” españoles no abundan los que comen lumbre. El “robusto sentido común” del que habla Morand no es un desconocido en España. ¿Fue acaso un loco Picasso, es acaso un loco Dalí? No, si juzgamos por su cuerdo concepto de la buena administración. Tampoco nos resulta tan alocada Isabel la Católica cuando examinamos los motivos por los que expulsó a los ricos Judíos de su reino. Quijotes hay, en suma, cuyo delirio no les impide usar la caja registradora. Persiguen molinos de viento, sí, pero movidos por la idea de moler en ellos mediocre harina de trigo… ¡para vendérsela luego, muy cara, a la Conasupo!
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