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Pasan cosas, y qué bueno que pasen. El domingo antepasado, por la tarde, trabajaba yo en el texto español de mi libro Pequeño Karma, y hablo ahora del primero porque, siendo totalmente agotado con el Grupo Diana, quiere republicarlo Editorial Lectorum antes que yo acabe Pequeño Karma Segundo. El hecho es que de repente caí sobre el nombre “Krishna”, diría que inesperadamente, y sentí como si me tocaran dulce y duro: me vino a la mente que no iba a la por mi a la por mí llamada “Casa de Tacubaya” desde hacía meses. Levanté los ojos hacia el reloj pegado a la pared y vi que eran las 05.10 horas. Dejándolo todo, me levanté de prisa. Subí a la camioneta (Javier se hallaba en Texas) con uno de los jóvenes que laboran en esta casa. Les dije a los perros que estaría ausente unas dos o tres horas. Unos minutos más tarde me encontraba en Tacubaya en la calle de Tiburcio Montiel 45. Antes de bajar del coche oí el canto de mahamantra “Hare Krishna”. El rito había pues empezado. Entre al jardín, me quité los zapatos, entré al templo.
Cuando se quiere, muy simples son las cosas. Pasé allí, entre Devotos arropados de blanco y amarillo, unas dos horas y media. Al llamado Gran Mantra creo yo que lo cantaron en voz muy alta por lo menos tres mil veces. Son las 16 palabras sagradas. El que quiera las aprende en menos de un minuto. Nada más simple, realmente, que el rito básico difundido en la India en 1400 y pico. Era la época de los musulmanes. Krishna es “la Suprema Personalidad de Dios”. La palabra en sí significa “el más atractivo”. En el muy erróneamente llamado “Politeísmo Hindú” no hay en realidad más que un Dios, y es Dios. Todos los demás son distintos nombres con que al señor se le invoca. Las religiones llamadas “cósmicas”, que no tienen fundador histórico porque siempre han existido, son lo más simple que se pueda concebir, y lo abrazan todo, pero creo que cometo un error hablando de ellas en plural: al fin y al cabo, todas son un único Todo.
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En suma, luego de varios inexplicables meses de ausencia, movido por el corazón estuve unas dos horas oyendo cantar diría yo que estrepitosamente, pero al mismo tiempo con dulce melodía, las 16 Palabras que sacuden “sacuden el polvo del corazón” y que son: “Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare Hare,/ Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama, Hare Hare”. No viene al caso que trate de traducirlas; lo significan todo, y quizá nada en particular. Tal vez porque lo propio de Dios es ser -¿acaso le sería imposible?- todo y nada al mismo tiempo.
Vayan un cualquier domingo a las 5 de la tarde y hagan las preguntas que gusten. Seguramente les ofrecen un plato de “prashad” que es la comida que así se llama porque antes la consagran al Señor. Por supuesto, estrictamente vegetariana. Verán asombrados la belleza, yo diría más bien la refulgencia, del altar. El señor Krishna tiene a su izquierda a su Santidad Radharani admirablemente vestida. Pero habría miles de cosas que explicar y yo tengo el espacio rigurosamente limitado. Son las cosas de este querido diario. Dicho con amistad, a Ruiz Healy le obsequian espacio por montones cuando tiene, ¿o me estoy equivocando?, toda la dimensión radiofónica a su disposición. Pero esto un poco me gusta:
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Señor Krishna, Carlo Coccioli. Galería Pictorica.
no tengo ganas de escribir más de lo que escribo ahora. Francamente me han invitado a otras partes pero no: por lo menos hasta ahora quedo un campeón de fidelidad. Pero… ¿de qué estaba hablando? Ah, fíjense que del Señor Krishna y de sus Devotos en México.
En Italia y en italiano les he consagrado, hace años, un entero libro que sin alarde de imaginación se titula La Casa de Tacubaya. Es una Obra escrita no sólo con el cerebro sino además con el corazón.
Aquí y allá y más allá, los Devotos son limpios en el cuerpo y en el alma. No sólo no matan animales, sino que desde luego no se los comen. Vegetarianismo puro, esencial, hermoso. Es una vida rigurosa: ¡ni siquiera ven televisión! No fuman, no conocen alcohol ni drogas. El aroma que capta el que pase por esos rumbos es a puro incienso. Pueden casarse y en efecto cerca de no pocos Devotos hay las correctamente llamadas “madres”. Engendrar a un niño/niña es toda una operación sagrada. Pero ¡qué felices se ven los “devotillos” por esos rumbos celestiales! El “movimiento” de la Conciencia de Rizan fue introducido al Occidente por un culto varón bengalí que ya tenía setenta años y se llamaba Bhaktivedanta Swami Prabhupada. Era heredero de una venerable tradición discipular que en cierta forma llegaba –llega- hasta la bajada del señor Krishna a este planeta. Pero, en vez de escucharme a mí, vayan a Tacubaya y adquieran uno de los maravillosos Bhagavad-Gita desde luego con su texto sánscrito pero además con su incomparable traducción al español sin contar las abundantes y fidedignas explicaciones. Haciendo lo que les sugiero, si son católicos no van a cometer, creo, ningún pecado mortal. Por lo general los Devotos respetan mucho la persona de Jesús. Y tal vez las primeras palabras en sánscrito (la lengua clásica y sagrada de la India) que ustedes aprendan sean estas:
“’Sarava deva namaskaram”: ¡obediencia a todos los dioses! (es decir, a todas las manifestaciones divinas).
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